No consigo verme en una foto antigua sin que me invada una difusa incomodidad. Supongo que les pasará a muchos, quizá a todo el mundo; eso no me alivia el asombro de que me suceda a mí. Donde espero familiaridad, me asalta la extrañeza. Observo esa imagen sabiendo, obligándome a tener presente que es la mía, a pesar de que me cueste y me incomode reconocerme en ella; y, a la vez, indago en ella lo familiar, querría sentirla rotundamente como propia, y sin embargo percibo en ella algo ajeno, que no me pertenece, o al menos con lo que, después de tantas lluvias y tantos trasiegos, me cuesta identificarme.
Mucho se perdió de allá a acá, para bien y para mal; y también mucho quedó, a pesar de todo, como el corazón terco de la roca que resiste al agua y a los vientos. Hay, digo, una ajenidad, que noto como un muro o un abismo y que está hecha de tiempo; y a la vez una familiaridad que discurre, en buena parte, por corrientes subterráneas que en buena parte desconozco. No sé si me inquieta más lo que me une o lo que me separa de ese muchacho reticente y desmadejado. Lo contemplo con reparo, pero a regañadientes veo apuntar el cariño, porque sé cuánto sufría y cuánto le quedaba por sufrir; sobre todo porque conozco sus más secretas simplezas, que hoy, aun manteniéndose casi intactas, me parecen tan ridículas. Ni él tiene la culpa de su ignorancia ni yo de mi fatiga, pero es tentador imaginarnos reprochándoselas el uno al otro.
Borges escribió un cuento monumental, como casi todos los suyos, en el que vertió, con una fuerza de la que yo sería incapaz, casi toda la filosofía esencial sobre la extrañeza de uno mismo. Le puso el acertado título de El Otro. Se imaginó el encuentro de un viejo con un joven sentados en el mismo banco, a orillas de un río —«el río hizo que yo pensara en el tiempo»— que para cada uno es diferente. En seguida se reconocen y, entre el estupor y la curiosidad, se adentran en un diálogo áspero y forzado. Hablan de recuerdos, de noticias de familia, de literatura; especulan con hallarse dentro de un sueño —«Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar»—. En su punto álgido, el viejo Borges reflexiona sobre el horror y la ternura de esa comparecencia obligada ante uno mismo: «El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor». Pero también la trágica verdad de que «el hombre de ayer no es el hombre de hoy».
En definitiva, están condenados a la más insalvable de las extrañezas, ya que «medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo». Anormal, en efecto, pero solo si se la toma literalmente. Al cabo, estamos a cada instante cruzándonos con nosotros mismos, con nuestros muchos otros, procurando no detenernos, escrutándonos de reojo, temiendo que una mirada directa nos atraviese con el juicio que más daño nos podría infligir, con la remembranza de las carencias y las pérdidas que más nos pueden doler. Tal vez la amenaza más grande de una cita —imaginada o soñada— con uno mismo, sea arrebatarnos, de golpe y violentamente, la bendición del olvido. ¿Nos extrañará que los dos Borges mientan al convenir verse en el mismo sitio al día siguiente?
Como en el relato del genial fabulador argentino, dudo que un reencuentro con aquel jovenzuelo atolondrado y sombrío de la foto resultara fructífero para ninguno de los dos. Probablemente, como los hermanos que se parecen mucho, ni siquiera nos caeríamos bien. ¿Seríamos capaces de ver en el otro, como en un espejo del Callejón del Gato, algo más que lo peor de nosotros? ¿Podríamos sobreponernos al predominio de la vergüenza? Él —y lo pienso con un cierto reconcomio— sería para mí ante todo el anuncio de lo no logrado; yo —y me duele admitirlo— sería para él la avejentada confirmación de tantos fracasos presentidos.
Tal vez a mi tierno avatar le gustara escuchar algunas premoniciones, como las que Borges le brinda a su otro yo: en mi caso, podría anunciarle que iba a tener un hijo, que gozaría de pocos y buenos amigos, que algunos alumnos le escribirían a veces y que, en la culminación de la orfandad, sería adoptado por Epicuro y Montaigne. Pero, como sucede en el relato, no es probable que captara la enorme dimensión de esos significados, y, en cambio, seguramente me reprocharía que yo no tomara demasiado en serio su dolor. Además, mi yo actual tendría que callar confidencias que resultaría demasiado cruel conocer de antemano (y que, de todos modos, no habría más remedio que atravesar para llegar hasta mí): las torpezas y las zozobras del amor, el espanto de las pérdidas, la insidiosa radiación de fondo de la angustia, los laberintos de la soledad, los estragos de la familia, los escritos arrumbados en el polvo, los naufragios de nuestro mundo irredento… ¿A quién le haría bien escucharse condenado a todo eso, aunque sea una expectativa más o menos previsible? ¿Quién no preferiría cerrar los ojos y dejar que la vida suceda, sin añadir a su crudeza la de su premonición? ¿Alguien se atrevería, como se ha fabulado tantas veces, a preguntar el momento o las circunstancias de su muerte? Para el viejo, decía, el olvido es una bendición: para el joven lo es la ignorancia.
Así que, como Borges, me guardaré bien de asistir a las citas conmigo mismo, por mucho que nos las hayamos prometido. «Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo». No me atrevo a jugar con el tiempo: el pasado tiene que perderse, definitivamente clausurado, condenado a ser lo que fue, en las brumas del olvido que Nietzsche imaginó como eterno retorno. Y al futuro hay que dejarlo conspirar tranquilo en su misteriosa clandestinidad, escurriéndose, como meditaba Heidegger, por su infinitud de vertientes posibles hacia esa sima final en la que se abisman todas. ¿Se puede concebir a un extraño más grande, más insalvable que uno mismo? Descanse en paz mi yo de ayer, amarilleando en las fotografías, y que mi yo de hoy discurra por el impasible río en el que no me bañaré dos veces. Hay que agradecer al tiempo que nos mantenga alejados.

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