Nada en nuestras existencias de animales sociales —sea de modo directo o indirecto, y a todos los niveles— discurre sin tener lo social como contexto y referente. En tanto que individuos, nuestra actividad discurre básicamente en intercambios formales o simbólicos con otros individuos, siempre como parte de uno o más grupos, émulos de las tribus en las que nuestros ancestros convivieron durante largas eras. Cualquier microsociología (o psicología social, según de qué lado se mire) está obligada a analizarnos desde ese enfoque interaccional y grupal, donde no se puede comprender al individuo fuera de sus complejos vínculos.
Supongo que ya se habrá analizado un mecanismo (entre muchos otros) para los vínculos entre individuo y grupo, un fenómeno que podríamos llamar sesgo de aislamiento, y que parece marcar la dinámica de los individuos respecto a los grupos. Se trataría de un énfasis innato a dirigir nuestra atención hacia una correcta inserción social. Consiste en lo siguiente: en un grupo, parece que tenemos tendencia a percibir que el resto de los integrantes se encuentran más unidos entre sí que con nosotros, como si nuestros vínculos fuesen más frágiles que los de los demás, y por ello siempre nos amenazara un especial peligro de quedar apartados.
Nuestra percepción de las interacciones con los demás no siempre se corresponde con la realidad, y en cualquier caso no disponemos de indicadores objetivos para evaluar su grado de acierto. Hay, por supuesto, señales que nos orientan: el hecho de que se nos trate con simpatía y respeto, detalles como que se nos invite a participar en actividades colectivas, el compartir espacios espontáneos con los demás, y en general las muestras de afecto, nos transmiten una consideración por parte de los otros y nos permiten contar con ella con una cierta seguridad. Pero un día nos enteramos de que los compañeros de trabajo han ido a tomar algo a la salida y no nos han avisado; sabemos que podría haber mil razones: fue una iniciativa espontánea y no estábamos en ese momento, lo organizaron unos cuantos que tienen más relación entre ellos y se añadieron otros al saberlo… Sin embargo, una luz de alarma se enciende: hay que atender a los indicios, podrían estar dejándonos de lado. Como medida preventiva, tal vez procuremos mostrarnos más simpáticos o colaboradores, propiciar más ocasiones de intercambio…
¿A qué se debe ese sesgo, a menudo tan poco realista? Primero por egocentrismo selectivo: tendemos a enfatizar lo que nos concierne a nosotros, según nuestros intereses y temores. Es la misma razón por la que solemos estar convencidos de que nuestra cola avanza más lentamente que las otras, o que los semáforos se ponen en rojo justo cuando llegamos. Prestamos más atención a lo nuestro porque es ahí donde nos jugamos la satisfacción de nuestras necesidades.
Pero, además, la angustiosa amenaza del aislamiento nos motiva a la actitud prosocial, a mantenernos alerta con los vínculos para asegurar nuestro lugar en la tribu, y dar muestras, reales pero siempre de fuerte carga simbólica, de nuestra intención de reforzar esos vínculos: cortesías, ayudas, regalos, negociaciones…, son recursos que estrechan la red social, al tiempo que hacen patente una actitud comprometida con ser aceptado. Los lazos deben reafirmarse constantemente, los compromisos deben ser confirmados con hechos, pues todos ellos son frágiles e inestables. Todas las sociedades cuentan con numerosos recursos, fijados en la cultura en forma de rituales y costumbres, para reafirmar la compactación de su red interindividual: normas de colaboración, fiestas, celebraciones, actos religiosos y tradicionales que implican al conjunto… La sensación de aislamiento funciona como una poderosa motivación a participar en ellos, igual que otros «indicadores sociométricos», como los sentimientos de celos, de ira o de envidia.
El grupo también presiona a sus integrantes mediante diversos modos de aislarlos, como la prohibición de participar en alguna actividad colectiva, e incluso amenazándolos con la exclusión en caso de que el sujeto se muestre díscolo con el colectivo. De hecho, uno de los castigos más inquietantes y temidos en las tribus es precisamente la expulsión. En cambio, los premios más valiosos suelen estar relacionados con el reconocimiento y la predisposición a proporcionar al individuo favores más o menos privilegiados, a menudo relacionados con un ascenso de estatus dentro de la jerarquía grupal.
¿Qué factores influyen en esa sensación, haciéndola más o menos intensa? Probablemente la tendencia a sentirse aislado cobra mayor intensidad cuanto más compacto sea el grupo: las disensiones suelen dar lugar a facciones, en las que se alinean los partidarios de una misma postura, lo cual intensifica el vínculo entre ellos y, eventualmente, debilita el vínculo con la totalidad. Sugieren al individuo que «al menos» no es el único que tiene oponentes, y alivian el conflicto individual desplazándolo a un conflicto entre bandos. De ahí nuestra tendencia al proselitismo, a buscar compañeros que sintonicen con nosotros y compartan nuestras posturas. Cuanto más numerosos son los grupos, más probable es que se delimiten subgrupos con vínculos internos más estrechos.
Entre los factores internos del individuo, la baja autoestima o la falta de habilidades sociales, entre otras vulnerabilidades personales, influyen en su grado de dependencia social, y por tanto es de esperar que lo hagan más propenso al sesgo de aislamiento.
Si el sesgo es muy intenso, y el individuo se siente muy aislado o incapaz de influir en esta situación, el efecto puede ser un incremento de actitudes antisociales: mayor aislamiento, susceptibilidad o resentimiento, conductas agresivas o ataques a la unidad grupal. Esta sensación de «nadie me acepta» puede confluir, cuando se da una particular predisposición, en ideación paranoide, desembocando en un «todos van contra mí». Ni que decir tiene que estas convicciones estimulan la condensación de situaciones que las confirman, por lo que actúan según el viejo círculo vicioso de la profecía autocumplida.
En definitiva, el sesgo de aislamiento es coherente con nuestra naturaleza social y con las dinámicas presentes en el vínculo entre individuo y grupo. Una tendencia que mantiene al sujeto alerta para cuidar sus vínculos sociales, y que a veces le provoca inquietudes considerables, cuyo efecto, en última instancia, es la motivación prosocial. Y que, como todo lo innato, conviene conocer y administrar conscientemente, ya que tiene su arte y su impericia, sus luces y sus sombras.

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