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Releyendo a Montaigne

A Montaigne, como a un viejo tío sabio, hay que volver a visitarlo de vez en cuando. Siempre es un gusto y uno nunca se va de vacío. El perspicaz francés, acomodado frente al hogar en su torre y con una copa de Burdeos en la mano, nos escucha tocar a la puerta y sonríe: sabe que el mundo gira sin detenerse, y que todo regresa.


Montaigne convirtió su propia vida en objeto de filosofía. Desde que lo leí por primera vez, descubriendo en él a un padre y maestro mágico, me propuse seguir sus pasos en cada reflexión. La única filosofía que le urge al ser humano es la que lo enfrenta a su propia vida; la que le aporta elementos para conocerse a sí mismo y para saber cómo vivir mejor. 

No se trata de mero narcisismo: lo propio sirve solo como punto de partida. Todo lo que somos incluye a los demás, y todos nos parecemos. Empiezo por mí porque soy lo que me queda más cerca, y eso multiplica la motivación y la información; como contrapartida, me resta perspectiva. Si hay que ser cauto en los juicios sobre los demás, por lo poco que sabemos en el fondo sobre ellos, aún hay que serlo más con los que nos sentenciamos a nosotros mismos, pues somos juez y parte. 
Prudencia, pues, en cada meditación, pero también osadía para ir más allá de las apariencias. Profundizar en nosotros para vislumbrar la condición humana. Observar minuciosamente a los otros para aproximarnos a nuestros secretos. En cada suceso, por ínfimo que sea, hay una verdad —sutil, escurridiza— que se insinúa. Filosofar es lanzarle una red para ver qué podemos rescatar de su hondura. A menudo la intuición revela más que el razonamiento; de ahí el valor de la anécdota. 

Montaigne era un exquisito coleccionista de anécdotas, que le servían para ilustrar sus conclusiones. Digo anécdotas, y no casos, porque tienen un aire de habladurías, dispersas y poco rigurosas; tomadas de aquí y de allá, sin cuestionar el origen. Por supuesto, ese material posee un escaso valor científico, pero nuestro ensayista no pretendía hacer ciencia, solo ilustrar el abigarrado teatro de la condición humana. Partía de la convicción de que se puede aprender sobre la gente tanto de sus fantasías como de sus actos, si no más: «Hay autores cuyo fin es contar los hechos. El mío, si alcanzarlo pudiera, sería contar lo que puede acontecer.» 
Lo posible se superpone a lo real. Pensar, por supuesto, no tendría sentido si no nos permitiera aventurar, a manera de hipótesis, alguna generalización. Pero a menudo los detalles nos sugieren inesperadas perspectivas del conjunto, con tal de que no nos anclemos en ellos y los tomemos como lo que son, testimonios circunstanciales de un mundo cambiante. Nos conviene, por consiguiente, frecuentar las anécdotas, que tanta sabiduría salpican en los corrillos y en las charlas de café. No en vano, las anécdotas son relatos, y el destino humano se construye de forma narrativa. Toda vida empieza con el tradicional Había una vez… Con cada chismorreo añadimos un episodio a la historia del vecino, que es la nuestra. En el ¿Sabías que Fulano…? ponemos tanta pasión porque Fulano podríamos ser nosotros; y, por distintos que nos consideremos, él forma parte de la constelación social que nos constituye. 

Si la filosofía de Montaigne nos parece tan próxima, tan accesible y sobre todo interesante, es porque nos habla con naturalidad de sí mismo e ilustra sus ocurrencias con vívidas historias de gente que, torpe y vehemente como nosotros, se las arregla como puede con la vida. Montaigne practica la profundidad de lo inmediato. Tenemos mucho que aprender de lo que escribe y de cómo lo escribe.

Comentarios

  1. Exacto.
    Todos deberíamos pasar un añito en una Comunidad Terapéutica, conviviendo con otro grupo de personas. El mundo iría mejor, no me cabe duda.
    Tal como dices, observar a los otros, es observarse a uno mismo.
    Y ocurre algo místico. Las personas sanan sus males en grupo. Algo parecido a lo que debía ocurrir en una horda que habitase una cueva...eso me gusta pensar, para hacerlo más acorde a la naturaleza.

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    Respuestas
    1. «Las personas sanan sus males en grupo». Una verdad para recordarse a menudo. Y es que el individuo aislado no existe. Como tú dices, así somos desde nuestro origen.

      Todo mi trabajo va en esa dirección: emplazar lo que creemos estrictamente personal en su marco social. Es mi particular terapia.

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