Ir al contenido principal

Exponerse o cobijarse

Debatíamos con un amigo la cuestión de si, en el fondo, los seres humanos tenemos necesidades simbólicas y rituales irrenunciables, o si, por el contrario, como soñaron los ilustrados, podemos alimentarnos con las luces de la razón pura. Mi amigo es un sartriano que reclama la entereza del hombre solo ante su destino, el hombre absurdo de Camus que se alza con su dignidad insobornable como única divisa.


Yo siempre he admirado mucho esa postura brava frente el mundo, pero me temo que requiere una curtida valentía y, sobre todo, fuerza; el hombre solo se debate siempre entre la resistencia obstinada y la capitulación: únicamente su propio honor, su inquebrantable devoción por la verdad, su fidelidad a sí mismo, le yerguen una y otra vez tras los bandazos con que lo zarandea la vida. Es una entereza de proporciones heroicas, pero no somos héroes, y por eso no salimos indemnes: la amargura, que ni siquiera el cinismo logra exorcizar por completo, va dejando su poso de tristeza o rabia en el fondo del ánimo. 
Es la parábola de Andrés Hurtado, el protagonista barojiano de El árbol de la ciencia, con el que siempre me identifiqué, alguien con quien, al menos, creo que me habría podido unir una templada amistad; también es la alegoría del superhombre nietzscheano, del ideal de Dostoyevsky; y, en otro sentido, más hospitalario pero no menos contundente, la historia del Siddharta de Hermann Hesse, que prefiere seguir su tortuoso camino propio antes que acogerse al abrigo consolador, pero simple y más bien forzado, de la comunidad budista. 

La pregunta, insisto, es si uno tiene fuerzas para tal camino. Recogerse en una espiritualidad sistematizada, en el abrazo de una comunidad y en una jerarquía a la cual se delega el propio discernimiento, es tentador por cuanto significa de amparo y de renuncia a caminar solo dando tumbos por los páramos de la vida. No en vano los lamas budistas llaman a su peculiar ceremonia de bautismo la toma de refugio. Yo decidí experimentarla en mis tiempos místicos. El lama que la ofició me dijo: “Cuando uno crece y ya no tiene a su familia ni a sus padres, el refugio aporta un nuevo hogar y una nueva familia en los que guarecerse”. “¿No es eso crecer? —pensé—. ¿No hay que quedarse profundamente solo para hacerse adulto?” Pero me faltó valor para planteárselo. 
No tardé en distanciarme del budismo tibetano; supongo que ya no puedo considerarme ni discípulo de Buda, ni comulgante del dogma (el Dharma), ni integrante de la comunidad (la Sanga). Duré poco como budista, tan poco como en cualquier otro de los caminos a los que se me ha invitado. Padezco una alergia innata a los credos y a los colectivos organizados, con sus jerarquías de oficiantes e iluminados. Sin embargo, entiendo que haya gente que decida abandonarlo todo y entregarse a una religión. La vida es difícil, y no nos sobran apoyos; somos seres frágiles y vulnerables, expuestos al dolor y a la muerte. Vivir está lleno de miedo y pérdida. El cobijo simbólico de los maestros y los rituales ayuda a sobrellevarla. 

Los cuentos de hadas avisan que toda magia tiene un precio. Así sucede con la religión, que no deja de ser magia: el precio es renunciar a la razón y someterse al mito; traicionar la dignidad de mantenerse leal hasta las últimas consecuencias a lo que uno realmente cree. El precio de lo contrario es enfrentarse a la dureza de la vida, y a menudo a la incomprensión y al rechazo, a pecho descubierto, sin más apoyo que los propios pies y el propio orgullo. Sócrates, Séneca, Spinoza y Nietzsche lo hicieron: fueron fieles a sí mismos hasta el final. ¿Nos alcanzan la fuerza y el valor para imitarlos? 

Comentarios

  1. Qué genial artículo amigo mío. Es brillante tanto por su forma como por su fondo. Las conexiones que ofreces con los personajes le otorgan una forma intelectual muy de mi gusto. Y el tema (fondo) propone un cuestionamiento del que me hago cien por cien partícipe. La eterna e insistente pregunta sobre el sentido de nuestras vidas asoma aquí de nuevo.
    Desconocía tu pasado místico, y lo cierto es que se trata de un terreno tipo arenas movedizas. Se corre el riesgo de ser engullido. Curiosamente lo mismo sucede con el sistema capitalista, aunque este último es más difícil de rodear.

    En mi caso, después de esos zarandeos que acertadamente comentas, me gusta situarme en que la vida tiene cosas muy hermosas y procuro escoger lo que ver y lo que escuchar. Cada vez que observo los animales o los niños me reafirmo en que tenerlos siempre al alcance de los sentidos, hace la realidad más llevadera. Su categoría de realidad es, cuanto menos, la misma que el loco mundo en el que nos encontramos.

    Trasladándome a mi nuevo pisito lejos del bullicio de la gran urbe, después de pasar unos dos meses conviviendo con mi madre y su pareja en la ciudad. Y ha resultado ser que aquello que realmente se me ha hecho duro de llevar no ha sido el tener que estar todo el día dedicado a su cuidado, a causa de su edad y su precaria salud. Aunque agotador, me aportaba cierta satisfacción pensar que contribuía a un mundo más respetuoso, que cuida a sus mayores. Sino que lo que verdaderamente ha supuesto una liberación, ha sido alejarme del telediario, que como costumbre irrenunciable suya tenía que soportar mañana y noche.
    Solo pensar que ya no voy a volver a verlo, me dibuja una sonrisa de triunfo y estimula mi hambre de vivir. Una auténtica liberación.
    Luchar para cambiar el mundo fue algo que me costó un precio muy caro. Y es que, dedicar tu vida a ese utópico menester, puede premiarte con la inmortalidad en los libros o en los ideales y recuerdos de much@s otr@s, pero tal como acertadamente apuntas, requiere una fuente inagotable de fuerza interior capaz de evitarte no caer en el vacío y oscuro pozo de la frustración, al echar la vista atrás y comprobar que escogiste caminos demasiado exigentes y difíciles de transitar y tan largos, que tu juventud ya pasó y ni te has dado cuenta.
    Ahora, la madurez se abre camino, luchando contra ese pretencioso idealismo de ponerse de lado de los necesitados y los oprimidos. Ahora, después de tantos años de vaciarme, y de anteponer esa utopía por mejorar el mundo a mi propio bienestar y el de los míos, caigo en la cuenta que de los 108.000 millones de Sapiens que se estima que han existido en 50.000 años, solo ha habido un Gandhi, un Cristo, un Mandela, un Lennon, un Confucio y yo encuentro a un solo necesitado dentro de mi. Varios yos en una única existencia.

    Ufff...siempre que te leo acabo profundizando.
    Muchas gracias por tu maestría.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Qué impactante tu conclusión! "Solo ha habido un Gandhi... y yo encuentro a un solo necesitado dentro de mí". Escuchar y atender a ese necesitado (y a una madre enferma, un hijo, un amigo...) es el deber primero, y seguramente el más noble. Esa tarea, que ocupa de sobras toda una vida, puede parecer egoísta o corta de miras, pero en realidad contiene todo el sentido y todo el valor que uno puede reclamar para su existencia. Alejandro conquistó un imperio, y eso lo convierte en héroe, pero habría que ver cómo estaba el jardín de su casa.
      Nosotros, que no somos héroes, tenemos la oportunidad de ser pacientes y anónimos jardineros. Y eso incluye la valentía de aceptar -si es el caso- que nuestras fuerzas no dan para salir en busca de lejanos desafíos. Amigo mío: ya que no puedo salvar a los oprimidos, me gustaría regalar al mundo un hermoso jardín.

      Eliminar
  2. Qué genial final amigo mío. Brillante, poético y certero. Me lo quedo

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Buen chico

Uno de los prejuicios más fastidiosos sobre mi persona ha sido el de etiquetarme bajo el rótulo de buen chico . Así, a palo seco y sin matices. Como se te tilda de orejudo o patizambo. En todos los apelativos hay algo despersonalizador, una sentencia que te define de un plumazo despiadado, atrapándote en su simplismo. A los demás les sirve como versión simplificada de lo que eres; para ti constituye un manual de instrucciones del destino. Reza una máxima atribuida a César: «Es imposible no terminar siendo como los otros creen que uno es». Todos los rótulos son insidiosos, pero el de la bondad resulta especialmente problemático. Colgarte ese sambenito es el pasaporte directo al desprecio. En primer lugar, porque el buenazo , en su formulación tradicional, equivale a una mezcla de timorato y bobo. En segundo, porque alguien con fama de bondadoso es inevitablemente incómodo: no deja de recordar a los demás que no lo son. Y, en tercer lugar, porque los buenos chicos suelen ser infinitamen...

Gato por liebre

En la feria de las interacciones sociales, podemos permitirnos ser benévolos, pero no ingenuos. La inocencia es una pulcritud que conviene ir embarrando, mientras dejamos que nos curta la experiencia. La sagacidad nos da la ocasión de probar a ser magnánimos con fundamento, no por ignorancia. Tampoco se trata de parapetarnos tras una suspicacia despectiva o cínica, pero resultaría cándido olvidar que, como canta Pedro Guerra, «lo que hay no es siempre lo que es, y lo que es no siempre es lo que ves». En general, podemos contar con que todo el mundo intenta sacar el máximo partido posible al mínimo precio. Incluso cuando no es así, es así. El solidario siembra semillas de una colaboración que espera que se le dispense cuando la necesite. El filántropo apacigua la conciencia o gana en prestigio. El altruismo se nutre de la expectativa. Todos esos pactos son buenos cuando son honrados, porque hacen la vida mejor para todos, que es de lo que se trata. Pero no dejan de ser pactos. Y en su m...

1984 posmoderno

Esa posmodernidad que se jactaba de haber desmantelado los grandes relatos, liberándonos de su larga sombra, ha hecho poco más que volar todas las certidumbres, sin dejar a cambio, al menos, alguna propuesta de brújula o de mapa. Su minucioso vendaval nos ha reducido a la condición de náufragos, chapoteando en un océano sin horizonte, a merced de piratas y de extravagantes ínsulas Baratarias. Entre todos asesinamos a César. Como enardecidas brigadas de demolición, ardientes conjurados, las muchedumbres del siglo nos hemos lanzado en tromba a despedazar uno a uno los sillares de esos monumentos formidables, esos templos colosales, que fueron las viejas ideas heredadas de los tiempos que aún tenían pasado y futuro. Libertad, igualdad, fraternidad, cielos o infiernos, reliquias o utopías, los conceptos sagrados de todo signo saltaron en pedazos como bastillas ideológicas y carcomidos muros.  Entusiastas renegados, invocamos la gloria de la deconstrucción. Amalgamados en una masa hom...

De creencias y descreimientos

Las convicciones y las creencias rigen nuestra vida, y vivencias tan asombrosas como el enamoramiento o la fe religiosa pueden marcar la frontera entre la felicidad o la desgracia. Dediquémosles algunas reflexiones. En el enamoramiento, como en la fe o en cualquier otra devoción, el momento decisivo es la entrega , el pasaje de adhesión a pesar de la ambigüedad, la incertidumbre e incluso los impedimentos (o quizá precisamente como reacción a todo ello). La convicción de una creencia no se basa en las pruebas ni en los razonamientos, sino en una afirmación directa, una toma de partido ciega y concluyente, a partir de los afectos placenteros que inspira una inclinación emocional. Es el triunfo irracional y ferviente de lo afirmativo, el empeño gratamente obstinado en dar forma al material fangoso y escurridizo de la realidad.  El creyente (el enamorado es un creyente) enfoca su voluntad y la vierte en una decisión, trocada en convicción por la misma fuerza de su entrega. Aquí cobra ...

Las discusiones peligrosas

Me fascina la polémica que contrapone ideas, pero me hastía la discusión que se encastilla en un pulso de poder. Con la primera siempre gano algo; en la otra perdemos todos: además del tiempo, el afecto, la razón y la paciencia. Es una pena que la mayoría de las discusiones tengan más de orgullo que de sincera vocación de verdad. Pero basta conocer un poco de cerca la condición humana para entenderlo: quizá por herencia de los ancestros cazadores, quizá por legado de disputas seculares, lo cierto es que nos interesa más doblegar a otro que escucharle, y nos aporta más placer ganar que aprender. No hay más que ver cómo se desenvuelven los debates. El estúpido aferramiento a la propia postura, por inconsistente que resulte; la mutua sordera a los argumentos ajenos; la obstinación en reafirmarse la persona, en lugar de poner a prueba la idea. Si casi siempre hablamos ante todo para estar juntos, casi nunca discutimos para otra cosa que triunfar sobre el otro. Unos cuantos tanteos bastan ...