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Me ha caído la pena negra

Me ha caído la pena negra. Ha ido creciendo en silencio, como los otoños. Rociando, tal una lluvia fina de la tarde, que nos cala sin que nos demos cuenta, hasta que de repente nos descubrimos, ateridos, a un lado del camino. ¿Cómo no la vimos llegar? ¿Cómo no fuimos lo bastante previsores? ¿Cómo no enviamos nuestra guardia a las fronteras, y no reparamos la oquedad en la muralla?


Un día se despeñó su niebla desde los barrancos, y tiñó el mundo de un gris en cuya orilla moría el sol. Federico García Lorca la imaginó en el corazón de una amante clandestina extraviada por las montañas: 

…Que la pena negra, brota 
en las tierras de aceituna 
bajo el rumor de las hojas. 
¡Soledad, qué pena tienes! 
¡Qué pena tan lastimosa! 

La pena negra es ciega: negra de oscuridad. No sabe de dónde viene, ni adónde va. Es una tristeza tan honda que parece no tener causa, se diría incrustada en el propio ser, o más bien horadándolo, abriéndole un hoyo sin fondo en las entrañas. Dijo Lorca que “es un ansia sin objeto, es un amor agudo a nada, con una seguridad de que la muerte… está respirando detrás de la puerta”. 
Sin embargo, Soledad Montoya sabía cuál era su angustia: la del amor desesperado e imposible, la de la amante condenada a la oscuridad prohibida y a la alcoba eternamente vacía, como las de las hermanas de La casa de Bernarda Alba. ¿Cuál sería mi deseo contrariado? Yo no lo sé, y por eso mi pena es la más negra que puede imaginarse. Quizá, como Soledad Montoya, sentirme atrapado por reclamos que no me permiten “dejar el corazón en paz”. Quizá: no estoy seguro. 

Me ha caído la pena negra. ¿A quién le echaré la culpa esta vez? ¿A la sufrida infancia, que no sabe justificarse desde su lejanía? ¿A la familia que falló tantas veces como si estuviera hecha de personas y sufrimientos? ¿Al dolor que el viento trae y se lleva? ¿Al polvo de los días laborables, que no supe cepillar a tiempo? ¿A la soledad que conforta y luego muerde? ¿A mí mismo, por no ser más capaz, por no quererme lo suficiente? “¡Oh pena de cauce oculto y madrugada remota!” 
Me ha caído la pena negra. ¿Qué haré esta vez para sortearla? ¿Cómo conjuraré sus pájaros de mal agüero, que vienen a picotear en las semillas de mi huerto? ¿Cómo purgaré la amarga savia en sus filamentos? ¿Por qué puerta saldré, siquiera a ratos, de su celda? ¿Con qué ungüento de alegría aliviaré sus heridas? ¿A qué futuro señalaré para que no se acabe el mundo en sus riberas? 

Repetiré las palabras de los sabios, y aguantaré apretándolas con nervio entre las manos. A veces, la única fuerza que nos queda es la de la perseverancia; sin más razón que la vida de la que brotamos y a la que pertenecemos. El conatus de Spinoza, aún, otra vez: todas las veces que haga falta. A veces, hay que seguir porque hay que seguir, porque se debe mientras se pueda. 
Pero un hombre solo es poco. Quizá tenga que llamar en mi ayuda a viejos cómplices de armas. Evocaré, entonces, los amores perdidos y los amores esperados; si alguien me quiso, alguien me querrá. Escucharé la voz de los amigos que me llega a golpes de eco en la distancia. Creeré en el sentido vislumbrado. Trabajaré duro, sudando mucho y pensando poco. La vida volverá, como regresan las olas y las amantes perdidas.

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