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Sentido común

Sentido común. Eso es lo que lubrica las disputas; los roces, los desencuentros, las rivalidades. Mezclado con una pizca de cultura, que nos ayude a abrir los ojos, y una generosa porción de buena voluntad, que ofrezca lo mejor de nosotros y nos predisponga a lo mejor de los otros.


El sentido común se pierde fácilmente cuando uno deja de asentar los pies sobre la tierra y consiente que lo arrastre la mera obstinación del triunfo. O sea: cuando convertimos nuestros encuentros en luchas de poder. Con tal de arrollar en los pulsos conceptuales, somos capaces de todo: de retorcer argumentos y hasta de inventarlos; de usar expresiones ofensivas para empujar al otro al terreno emocional, haciéndole descarrilar; de repetirle cosas dichas anteriormente y contradictorias con lo que afirma ahora, tergiversadas a conveniencia… 

Para mantenerse en el sentido común hace falta serenidad y buena voluntad. Poner límites, pero sin rigidez, con la naturalidad del que aplica lo que es justo, con la firmeza amable de quien no se deja llevar por el odio o la ofensa. Partir de la convicción de la bondad del otro, al menos esa humanidad primitiva que lo impulsa a perseguir el propio bien. Economizar las fuerzas, no permitir que lo trivial nos confunda, evitando el enfrentamiento con quien tal vez compartamos lo esencial. Dar una oportunidad a la dignidad del otro, a que tenga razones que nuestra razón no puede comprender, o bien a que afronte sus sinrazones sin sentirse humillado por ello. Todo el mundo —como nosotros— quiere que se le valore, que se le reconozca, que se le deje ganar un poco o al menos no perder mucho. El sentido común es, también, un sentido compartido. 
¿Qué hay de malo en intentar ser buenos? Ya que hemos de equivocarnos, ¿por qué no arriesgarse a hacerlo desde la ternura? Compasión, reclama el budismo constantemente, y todos la merecemos, puesto que todos sufrimos, como expresa tan bien el Dalai Lama: “Todos hemos nacido del mismo modo y todos moriremos. Todos deseamos alcanzar la felicidad y no sufrir. Al mirar a los demás desde esa perspectiva… experimento la sensación de hallarme ante alguien que es exactamente igual que yo”. Compasión, pues, que siempre está más cerca de la altura de miras que la mezquina suspicacia. 

Afabilidad: no para ponernos al alcance de lo peor de los demás, esa parte que desearía manipularnos o subyugarnos; sino para acercarse a lo mejor: a esa otra, que también existe siempre, que podría ser nuestra amiga, que podría estar a nuestro lado y compartir alegrías y aliviar penas… Tal vez la diferencia entre un amigo y un enemigo sea que al primero le dimos una oportunidad. Como decía R. W. Emerson: “La única manera de ganar un amigo es serlo”. 
Y perdón. Hay que perdonar mucho, puesto que todos tenemos cosas que no merecerían ser perdonadas. Hay que perdonar una y otra vez, obstinadamente, al menos porque la vida es difícil y nadie se libra del sufrimiento. Porque odiar es permanecer cautivo del daño y del que lo infligió, luego perdonar es liberarse. “No hay fuego que nos consuma más rápidamente que el del resentimiento”, dice Nietzsche. 

Y, si el afecto es imposible, si la mezquindad resulta insoportable, el sentido común será el que nos permitirá quedar siempre intactos frente al otro. Como en aquella historia en que el maestro le ordena al discípulo pagar a todo aquel que le insultara. Después de tres años lo libera del ejercicio. Un día el discípulo se cruza con alguien que le insulta, y se echa a reír. “Antes tenía que pagar por lo que ahora tú me ofreces gratuitamente”. Este hombre estaba curado de ofensas. Vale.  

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