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Tropiezos

Arrojados al mundo, como nos veía Heidegger, ángeles caídos de no sé qué carruaje platónico, deambulamos sin rumbo, sin más certeza que el futuro final de la presencia, cruzándonos unos con otros en plazas y puentes de una ciudad extraña. Como la pareja de las Noches blancas de Dostoyevski, cómplices ocasionales y tal vez fallidos, compañeros de espera, porque siempre estamos esperando a alguien que no está, al amor de nuestra vida, al amigo ausente, al misterioso Godot o a cualquiera que viniese a redimirnos, que nos salvara del marasmo y nos condujera a la felicidad.


Pero nuestros encuentros, a veces, son más bien tropiezos. Lo avisaba Spinoza, para quien las colisiones eran la ley de la vida y de la muerte. Alguien que seguía su camino, atolondrado, embebido en sus cosas, se inmiscuye de pronto en el nuestro como un ave o un aerolito. Irrumpe en nuestra senda y tropezamos, impactamos uno en otro, nos convertimos mutuamente en materia interpuesta, en estación, en desvío, en paisaje desconocido.
El encontronazo suelta siempre algunas chispas de dolor. Un extraño se ha inmiscuido en nuestra historia, y lo más doloroso es su extrañeza, aunque esta no durará mucho tiempo. Los vagabundos nos reconocemos con solo mirarnos a los ojos. Estamos puestos ahí arrojados precisamente para cambiar las vidas de los otros, para demostrarles que no todo estaba inventado, que cada paso es nuevo y guarda un nuevo enigma, y hay enclaves desde los cuales ya todo es distinto.

El amor es lo más gozoso y lo más difícil, pero la extrañeza es más vasta y tal vez más natural. Del amor sabemos qué esperar: el agua de un arroyo, el fuego de una cabaña. Pero cuando nos tropezamos conocemos la verdadera piel del mundo, que es fría y escamosa y dura como la de un dragón. Hay personas ¿la mayoría? que no vienen a prodigarnos paz ni dulzura, sino a enseñarnos que vivir es difícil, que la vida también ¿sobre todo? nos quiere recios y valientes, dispuestos a luchar y a aprender. “Esto es en el fondo la única valentía que se nos exige escribe Rilke: ser valientes para lo más extraño, asombroso e inexplicable que nos pueda ocurrir.” Y lo más extraño siempre es el otro.
Hay caminantes con los que tropezamos para comprender cuánto podemos aguantar, para plantearnos hasta dónde somos capaces de llegar, para obligarnos a inventar nuevos rumbos, o, mejor, a inventarnos nuevos a nosotros mismos. Hay personas sin las cuales no nos decidiríamos nunca a explorar lo recóndito del mundo y de nosotros. Personas que vienen impregnadas de preguntas sin respuesta, que no nos harán felices, que nos enseñarán a sufrir.
Tenemos que aceptar esos tropiezos con alma agradecida. Admitir en ellos la irrupción de lo inesperado, de la exigente vida, a la que no le importa nuestra satisfacción, sino nuestra disposición. Hagamos caso a Rilke, mantengámonos dispuestos a afirmar lo más extraño, lo más ingrato, lo más incómodo. Hay que admitir la vulnerabilidad más frágil, pero para sacar de ella fuerzas como de la flaqueza. “¡Qué exigente llegó la primavera!”, canta Mª del Mar Bonet, aquella isleña de voz recia y belleza abrumadora, “y mi enfermo corazón temo que arda dentro de su hoguera, no puedo desprenderme de su hechizo…” Qué exigente nos llega todo siempre, qué indefensos ante los tropiezos… Y, sin embargo, sobrevivimos, nos reponemos a la caída, y eso demuestra cuánto podemos aguantar.
Que pasen, pues, también quienes nos hacen tropezar, quienes nos ponen contra las cuerdas y nos evocan qué poco tenemos de héroes y, no obstante, cuánto podemos parecernos a ellos.

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