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Prejuicios

¿Qué es malo? El prejuicio es malo. La convicción cerrada, conclusa, incuestionable, sobre todo cuando no va a favor de la persona, cuando quiere atravesarla en su afán de llegar al otro lado a una supuesta trascendencia donde no hay nada, porque no hay nadie, eso es malo. Hay que prevenirse de las convicciones indemostrables, de las conclusiones precipitadas y de los principios estereotipados, tan artificiales como las superficies tersas, sin una sola mancha, sin una sola arruga, sin una sola grieta.


Porque la verdad, si lo es, nunca está acabada, siempre deja entornada una puerta para la duda. La verdad, si lo es, no puede nunca ser definitiva, tiene que quedarle algo por hacer y por decir. Tiene que admitir que la cuestionemos; aún más: tiene que invitarnos a ello, empezando por no conformarse consigo misma. Es un axioma de la ciencia: no puede considerarse científico lo que no deja ningún agarradero para contradecirlo, para intentar probar su falsedad. ¿Cómo vamos a demostrar que es cierto aquello que no podemos demostrar que no es mentira?

El prejuicio es malo porque no tiene la honestidad de admitir la duda, porque concluye de un brochazo lo que tendría que sugerirse bordado de matices. El prejuicio es la hibris de la razón, el orgullo desaforado que no sabe atenerse a sus propias limitaciones. Una conclusión puede ser simple, pero no hay nada más complejo de alcanzar que la sencillez. La verdad es una contraventana de madera por la que siempre se cuela algún rayo de sol que hace bailar el polvo en la penumbra. En la realidad, las cosas están sucias, mezcladas, rotas, incompletas, melladas por una complejidad que las erosiona a mordiscos.
El prejuicio es mentira porque es demasiado fácil. Uno puede recostarse en él y dejar que la eternidad suceda alrededor sin inmutarse. Todo aquello que lo contradice regresa a él por la puerta de atrás, como un hijo pródigo; pues la idea prejuiciosa se sitúa en el principio de cualquier otra idea; o más bien por encima, en una dimensión superior, inalcanzable, intocable, como las Ideas platónicas. En cambio, la verdad es ardua, es incómoda. Uno no puede reclinarse en ella mucho tiempo sin que le duelan los huesos, sin cambiar de postura de vez en cuando. La verdad quita el sueño: en ella hay que mantenerse despierto, sentir cómo se clavan sus junturas; o como mucho en una duermevela repleta de visiones inquietantes. En el prejuicio que es mentira, por mucho que se nos quiera imponer como verdad nos quedamos sumidos en un sueño sin sueños. La verdad es humilde y prudente, habla en voz baja y teme ser mal entendida; el prejuicio es osado y arrogante, y no deja de dar voces por los caminos, intimidando a los peregrinos. A la verdad siempre le queda una pregunta; el prejuicio tiene todas las respuestas, y las preguntas le molestan, como si nacieran solo para ofenderle.
El prejuicio es malo porque nos divide en facciones y nos lanza unos contra otros. Dificulta el encuentro, el entendimiento, la cooperación y el respeto. Socava lo humano como una termita, hasta hacerlo derrumbarse por su propio peso. Donde había una persona acaba instaurando un objeto. Cada prejuicio establece una frontera que nos entorpece el acceso a alguien (a menudo, alguien que sostiene el prejuicio opuesto, porque la fuerza que alimenta el prejuicio crece, casi siempre, de ese antagonismo). Las fronteras separan a los supuestos amigos de los presuntos enemigos; crean a esos enemigos, sin conocerlos, solo porque quedan del lado de fuera, solo porque son los otros. Toda frontera es una zona de guerra; la guerra despierta el miedo y la rabia: el prejuicio es malo porque nos hace cobardes y pendencieros, porque nos ciega y nos impide pensar.

Pre-juicio: antes del juicio. Es lo que se adelanta al pensamiento y a la razón y a los propios pasos. Antes del juicio, o sea, anterior a la persona, o por encima de ella, aplastándola: ¿qué verdad traicionaría la dignidad? Se dirá que el juicio nunca es suficiente, porque siempre quedará por ser juzgado, y hay que contestar que en efecto, eso estamos diciendo, la construcción de la verdad siempre queda, necesariamente, incompleta. Eso la hace fatigosa y a veces inhóspita. En el prejuicio se está cómodo (aunque nos devaste), en la verdad reina la incertidumbre (aunque nos salve). Por eso la verdad nos da miedo y el prejuicio, en cambio, nos complace y nos conforta (al menos superficialmente: como los falsos amigos, algún día, cuando más lo necesitemos, nos dejará solos). Por eso la verdad llega más allá de sí misma, y el prejuicio nos somete desde más allá de nosotros mismos.

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