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La colmena electrónica

No soy muy dado a las comunicaciones, tampoco a las electrónicas. Tal vez por eso, todavía me asombro cuando veo cuánta gente va por la calle escrutando y manoseando pantallitas de móviles. ¿Alguien mira las casas, la gente, el paisaje? ¿O ya nadie puede escapar de ese pozo de mensajes a través de las pantallas? Esta tarde, viendo a la gente caminar sin mirar más allá de su mano, he cobrado conciencia de hasta qué punto las comunicaciones electrónicas nos han convertido en terminales de una red formidable, una infinita telaraña de palabras que nos mantiene a todos conectados unos a otros permanentemente, como abejas apretujadas en una colmena cibernética, construyendo entre todos una virtualidad que acaba siendo más real que el mundo material.


Tampoco vamos a exagerar: el mundo sigue existiendo. Seguimos siendo un cuerpo que atraviesa el aire sobre la tierra, que choca y sufre y goza y envejece. La gente sigue reuniéndose, conversando, peleando y riendo; nos gusta disfrutar la buena mesa. Cuidamos nuestra salud, procuramos comer sano, practicamos deporte (aunque muchas veces lo hagamos conectados a unos auriculares). Nunca hemos viajado tanto y viajar es trasladar nuestra materia, quemando combustibles fósiles, nunca hemos hecho tantas cosas. No miro con nostalgia los tiempos en que no vivíamos pegados a los aparatos: la tierra gira, el tiempo pasa, las cosas cambian. Más bien intento ir más allá y preguntarme de qué estará siendo síntoma esta fijación a las telecomunicaciones. ¿Hacia dónde vamos con ellas? ¿Acaso estaremos huyendo de algo? ¿O simplemente usamos la tecnología para intensificar comportamientos que forman parte definitoria de lo humano?
No se puede negar la utilidad de los aparatos. Podemos avisar a quien nos espera, podemos transmitir información inmediatamente a quien la desea o la necesita, podemos saludar o pedir ayuda sin visitar a nuestros amigos. Los chismes nos permiten arreglárnoslas mejor en el mundo; en algunos aspectos nos simplifican la vida, y si en otros nos la complican no es culpa del instrumento, sino de nuestras fijaciones. Sin embargo, al ahondar en la cultura de lo inmediato también nos sumimos en una cierta superficialidad: todo sucede más deprisa, es más efímero y menos consistente; vivimos, como ha dicho Zygmut Bauman, en un mundo líquido, donde no parece haber un suelo fijo donde hacer pie. Hablamos más, pero nuestras conversaciones son más frías, nuestros mensajes más breves y esquemáticos, sin apenas espacio para el matiz. Sabemos muchas cosas, pero la mayoría no acaban de ser nuestras: es como si habitáramos la caverna de Platón, mirando en la pared unas sombras aceleradas. Lo que perdemos bajo ese amontonamiento de mensajes es, quizá, la poesía, la presencia, la profundidad; o al menos parte de ellas.

¿A cambio de qué? ¿Qué es lo que nos atrae en ese murmullo permanente de saludos, carcajadas dibujadas y frases simplonas, hasta el punto de sumirnos en él constantemente y no poder imaginar ya nuestra vida de otro modo? Es tentador pensar que en ese trasiego de palabras virtuales estemos evitando la comunicación verdadera, la intimidad genuina; que de alguna manera estemos creando una gran cortina de humo para no ver a los demás ni tampoco a nosotros mismos reflejados en ellos; que sepultemos bajo escombros verborreicos la posibilidad misma de la palabra, que fue siempre la gran aliada de la presencia y la compañía. Parafraseando al poeta, creamos un mundo de ecos para no escuchar las voces.
Todo eso es verdad, pero no es toda la verdad. Mientras veía a la gente caminar embebida en sus mundos virtuales, pensaba en nuestra necesidad inveterada, ancestral, de sentirnos parte de un conjunto. Recordaba nuestros tiempos de tribu, cuando lo esencial era formar grupos compactos… ¿Estaremos construyendo un nuevo gregarismo, estaremos inventando una nueva manera de estrechar la manada? Esta vez en una dimensión más simbólica, menos corpórea, pero con la misma tendencia de fondo: salir de nosotros, estar ahí, arrojarnos (lo que Heidegger llamaba Dasein) a la esfera virtual, donde podemos sentirnos en la densidad de una permanente multitud, en una tribu infinita, apiñados en una colmena electrónica.

Comentarios

  1. Me lo paso en grande leyendo tus artículos, amigo mío, no solo por lo que aprendo, sino porque me lleva siempre a pararme un momento a analizar el tema en cuestión, y eso me lleva en realidad a saber más de mí mismo. Qué opinión u opiniones tengo a día de hoy sobre ese tema, cuánto desconozco de él, dónde lo tengo situado en la escala de temas importantes para mí, dónde me veo reflejado, en qué coincido o qué no tengo tan claro, en fin, leérte a ti me lleva a revisarme a mí. Tiempo más que bien utilizado.
    En este tema, he de reconocer que tu enfoque es mucho más conciliador y racional que el mío. Si bien es cierto que nos facilitan mucho la vida, a la vez nos la complican, pues no deja de ser "una cosa más por atender", y nos obliga a espabilarnos más en cuanto a la gestión del tiempo se refiere, y también a revisarnos nuestros "enganches" y adicciones. Una buena definición sobre adicción que escuché una vez decía: "Cualquier ocupación que te impida llevar tu vida con normalidad".
    Si por llevar una vida "normal" entendemos cumplir con nuestras obligaciones, responsabilidades, y cuidar nuestro bienestar general, estaríamos casi en disposición de afirmar que el número de adictos no declarados ( ni conscientes) debe haber aumentado en los últimos años de modo exponencial, puesto que habría que hacerse la pregunta: " Mientras miro el móvil para leer cosas absolutamente intrascendentes, que mi mente de modo automático selecciona para olvidarlas en cuestión de segundos, mientras hacía eso ( muchas horas a lo largo de un año), ¿ qué he dejado de hacer?
    Creo que el resultado nos dejaría perplejos y preocupados.
    Personalmente, existe un hecho concreto que me exaspera. Y es que alguien se ponga a mirar el chisme cuando está compartiendo espacio y tiempo conmigo ( o con cualquier persona), ya no solo por la evidente falta de respeto e interés hacia la otra persona, ni por el malestar que le infringe al situarlo como no digno de mi atención, sino porque son pocas ya las personas que intentan indicarle a la otra persona que hay algo que está haciendo que debe cambiar.
    Lo más curioso del tema es lo que enlaza con tu reflexión, y es el haberme sorprendido a mí mismo haciéndolo.
    La pregunta se formula sola: " ¿ Qué nos está pasando?"
    Mucho para hablar sobre este tema, y lo que nos queda por ver...
    Julián

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Seguro, amigo mío, que en nuestra fijación por los móviles hay mucho de adicción. Pero ambos sabemos que la adicción no es el problema original, es el síntoma que acaba convirtiéndose en problema. Si hay gente adicta al whatsapp (y cómo negarlo, quizá todos lo seamos un poco) es porque encuentra en él una escapatoria. ¿De qué? Parece evidente: de la comunicación genuina, que es mucho más comprometida e inquietante. Yendo más lejos, tal vez estemos huyendo de la "presencia" misma, refugiándonos en mundos virtuales hechos a nuestra medida. Tema apasionante que tú apuntas: ¿qué pasaría si, en lugar de evadirnos, nos quedáramos en la realidad? ¿Qué sabidurías incómodas deberíamos afrontar? ¿Qué rebeliones, incómodas para el sistema, podrían fraguarse? Como tú dices: "¿qué he dejado de hacer?"
    El ejemplo más dramático de ese absentismo crónico es el que tú mismo pones más abajo: un grupo de amigos queda para tomar algo y dedican la mitad de su tiempo a mirar el móvil... para estar en contacto con otros amigos con los que harán lo mismo al estar con ellos. A mí también me parece una falta de respeto, por supuesto, pero me preocupa más lo que tiene de ausencia, de no poder quedarse quieto, de tener que estar permanentemente en otro sitio... Es como no estar del todo, o sea, como si la propia identidad se difuminara y nos convirtiéramos en nuestra propia versión virtual. El mundo líquido de Bauman.
    Sin negar mi preocupación por esos aspectos que señalas, yo intentaba en el artículo hacer de abogado del diablo y preguntarme si todo eso no formará parte de una transformación más profunda que estamos viviendo colectivamente... Un nuevo modo de ser, de estar, de relacionarnos... Un nuevo tipo de tribu que quizás aún no podemos ni concebir, una especie de enjambre de información. Si esto fuera así, amigo mío, entonces no estaríamos tanto ante un tipo de ausencia como a un tipo inédito de presencia, un vasto pensamiento en red que nos convertiría, como digo en el artículo, en una colmena electrónica.
    Quién sabe... Quizá me esté dejando llevar por mi pasión por la ciencia ficción. En cualquier caso, ha servido para que charlemos un rato... a través de la red electrónica...
    Seguimos debatiendo. Salud.

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