Ir al contenido principal

La valentía de dejarse querer

Hay una sensación de poder en negarse a aceptar lo que nos brindan: es jugar a la omnipotencia, ese viejo juego infantil al que tanto nos cuesta renunciar. Mientras doy, ejerzo mi poder sobre los demás, puedo hinchar mi ego con la sensación de que soy importante y se me necesita, puedo saborear mi ventaja sobre las impotencias de otros. En cambio, la disposición a recibir exige una cierta admisión de vulnerabilidad: reconocer que no nos bastamos a nosotros mismos, que necesitamos a los demás. Hay quien reclama la atención y pone a la gente a su disposición mediante el lamento y el desamparo, y hay quien no lo hace nunca porque así da la impresión de que no lo necesita. Hay quien es un dependiente absoluto, incapaz de hacer nada por sí mismo, y quien no puede permitirse el lujo de depender para evitar que se adivine su vulnerabilidad.


Conviene distinguir entre mostrarse vulnerable y sentirse vulnerable. Yo en general no he tenido problema en dejar ver mis torpezas, en admitir mis debilidades, en reconocer mis errores. De hecho, incluso he abusado y muchas veces me he entregado como carnaza a la burla de los demás, ensañándome conmigo mismo. Hurgar en los propios defectos, sobre todo cuando se hace públicamente, es otro tipo de poder: un poder oscuro que se utiliza a sí mismo como víctima propiciatoria. Todos deberíamos aprender a reírnos de nosotros mismos tanto como lo hacemos de los demás, pero siempre con ternura, con una risa compasiva, nunca con crueldad. Al humillarnos públicamente salimos al paso de posibles humillaciones ajenas, sí, pero a costa de dimitir de nuestra dignidad. Esto me trae a mientes que, siendo niño, una pandilla se encaró conmigo por la calle, no sé si con la intención de atracarme o solo por bravuconada; me revolví contra el que me amenazaba y le espeté: “¿Piensas que te tengo miedo? Aunque seas más fuerte y puedas pegarme, no te tengo miedo. ¡Anda, pégame, pégame!” El muchacho, algo mayor que yo, se quedó desconcertado unos instantes y de repente sonrió y me atizó un buen puñetazo en la cara.
En aquella consagración como perdedor, mientras se me hinchaba el pómulo y me silbaba el oído, pude saborear el extraño poder de haberme adelantado a mi agresor, de haberle escatimado la oportunidad de convertirme en víctima poniéndome yo antes en ese lugar. Lo cierto es que el tipejo me dejó en paz, y yo me quedé allí, de pie, con mi golpe en la cara pero con un extraño orgullo inverso. En aquel caso quizá no fui solo un perdedor, y, ya que no tenía fuerza para pegar a mi oponente como hubiese deseado, pude al menos robarle parte del placer (y del poder). Sin embargo, eso no hace menos perverso el hecho de que invitemos a los demás a que nos humillen; una actitud de ese tipo solo está mostrando hasta qué punto nos inspiramos desprecio: hay que estar muy resquebrajado por dentro para inmolarse como chivo expiatorio, para hacerse objeto de una crueldad propia a veces mayor que la que nos dispensarían los otros.

¿Me habrá servido esa ostentación de vulnerabilidad para evitar el terror de sentirme vulnerable? Porque eso sí que no he podido tolerarlo nunca, hasta el punto de evitar entregarme a los demás y, por consiguiente, poner una barrera a cualquier oportunidad genuina de amor. Hay un derrumbe vertiginoso en aceptar que nos quieran, que nos mimen, que nos acaricien, que nos protejan. Cuando nos apoyamos en alguien, siempre existe el peligro de que nos deje caer; cuando nos recostamos en un abrazo, siempre puede pasar que al otro lado no haya un cuerpo interpuesto entre nosotros y el abismo. Confiar requiere, llegado a un punto, cerrar los ojos y abandonarse, y ese es un inmenso riesgo, quizá sea el riesgo más grande que corramos en la vida. Y es precisamente el riesgo que yo nunca he podido tolerar en una relación íntima: algo en mí siempre ha estado convencido de que, llegado el momento, me dejarían caer. Por eso no puedo capitular, y tengo que mantener la ilusión de poder del que no espera nada, de no aceptar lo que se me ofrece, de no creer ninguna promesa, de no poner en manos de otros mi vulnerabilidad más profunda.
¿Y por qué será tan terrible reclinarse en un abrazo y no encontrar a nadie al otro lado? Al fin y al cabo, somos adultos, podemos sostenernos por nosotros mismos, y si nos caemos podemos levantarnos. Perfilemos un poco más la fantasía: “Ella era todo lo que había soñado, abrió los brazos y se me acercó; yo cerré los ojos, fui a abrazarla y cuando los abrí ya no estaba allí”. Se puede captar el terror de ese vacío sin fondo en un mundo en el que habíamos creído y resultó ausente. Pero si miramos bien, la fantasía es absolutamente infantil. Es la falta de la madre lo que resuena en ese pavor ante el vacío. Proyectamos el pánico a esa traición primordial en otras personas tal vez porque esperamos, secretamente, rescatar en ellas a la madre que nos falló. Seguimos buscando a nuestra madre en el gentío, donde jamás podrá estar: esa es nuestra verdadera vulnerabilidad.

Porque entre la gente solo encontraremos personas iguales a nosotros, adultas y tal vez huérfanas, personas que dan y que reciben, que dan porque reciben, que saben que reciben porque dan. Quizá recibir sea más difícil porque sabemos que querríamos más, porque conservamos la fantasía (también infantil) de que nunca tendríamos bastante. Y sabemos, por experiencia y por lógica, que nadie nos dará tanto, que nadie nos dará sin recibir. Eso, que debería ser suficiente, no lo es para un alma detenida en el origen, para un cuerpo de adulto que mantiene las fantasías de un niño.
Así que, enfurruñados, preferimos retirarnos a negociar, preferimos renunciar a un amor que no se entrega si no se le entregan; elegimos, en definitiva, no entregarnos. Lo hacemos para no perder el único poder que nos queda, para que no nos invada la angustia y nos reduzca al terror del desamparo primitivo. Creemos hacernos fuertes en la convicción de que no necesitamos que nos sostengan, cuando en realidad es lo que anhelamos secretamente, y por eso nos da tanto miedo la posibilidad de que no lo hagan.

La única salida de ese laberinto del desamor sería el valor de admitir nuestra vulnerabilidad. Admitir que, en efecto, nos posee el pánico, pero que aun así estamos dispuestos a correr el riesgo. Y lo estaremos cuando comprendamos que, entre adultos, no hay nada terrible en encontrar vacío un abrazo; que ese abismo de nuestra fantasía no es más que un tropiezo, tal vez doloroso, pero no mortal; que somos capaces de sobrevivir a las caídas y levantarnos y seguir caminando; que todos los abrazos están llenos y están vacíos, porque hoy se nos dan y mañana tal vez no; que necesitamos que nos quieran y nos abracen, incluso si solo es un poco, incluso si solo es por un rato, incluso si al final nos dejan solos. Al fin y al cabo, siempre estuvimos y estaremos solos, así nacimos y así moriremos. Entretanto, cada migaja de amor es un tesoro, y vale la pena la valentía de dejarse querer.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Insidiosa complejidad

La vida hoy día se desintegra en un engrudo de complejidad. El mundo que nos ha tocado es intrincado de por sí, sobrecargado de estímulos y requerimientos, pero hemos interiorizado esa ansia de lo complejo y la hemos convertido en forma de vida mediante la hiperactividad. Tenemos que hacer muchas cosas, no podemos detenernos, hay que aprovechar cada instante so pena de empobrecer el propio ser ; porque en nuestro tiempo ser es ante todo hacer, cerciorarse de que no hay instante improductivo. Solo «vive» quien se entrega a una actividad frenética que llene todos los huecos (en una especie de horror vacui funcional) de una sustancia efímera y frágil, fácilmente desechable, para poder perseguir una nueva experiencia. Esto explica que la rebeldía, actualmente, se exprese como reivindicación de la inutilidad, como hace Nuccio Ordine en su obrita La utilidad de lo inútil.   La dispersión de nuestra era viene vinculada a otros fenómenos, que teóricos como Z. Bauman han descrito con deta...

La esperanza, desesperadamente

«La esperanza es una alegría inconstante», postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: «Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices». No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: «De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca». Pero, ¿qué sucede cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que «siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue». Parece sabio, por tanto, empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión : el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No enfoca su telescopio hacia nebulosas lejanas y dud...

Carne de neurosis

Uno de los principales méritos de Freud fue asomarnos a nuestras vastedades interiores. Un cenagal que, a diferencia del mundo que nos rodea, está poblado de instancias imaginarias (personajes, estampas) cargadas de emoción. Grumos de la actividad neuronal a menudo inconscientes, lo cual les confiere aún mayor fuerza y dramatismo. Pero el verdadero drama es este: vivimos a un tiempo en la realidad palpable, que percibimos y manipulamos, que conocemos y explicamos, y en esa dimensión paralela donde se libran misteriosos procesos y enconadas batallas al margen de nuestra voluntad; la una influye en la otra, existe un comercio entre ambas, pero —he aquí el drama— la dimensión oculta es la que manda. Es en las profundas cavernas de nuestra psique, sumidas en la oscuridad, donde se escriben las claves de nuestra conducta y los hilos maestros de nuestro destino. La identidad, la voluntad, el sacrosanto sujeto cartesiano, consciente y dueño de sí mismo, se disipan, según sostiene este paradi...

Gato por liebre

En la feria de las interacciones sociales, podemos permitirnos ser benévolos, pero no ingenuos. La inocencia es una pulcritud que conviene ir embarrando, mientras dejamos que nos curta la experiencia. La sagacidad nos da la ocasión de probar a ser magnánimos con fundamento, no por ignorancia. Tampoco se trata de parapetarnos tras una suspicacia despectiva o cínica, pero resultaría cándido olvidar que, como canta Pedro Guerra, «lo que hay no es siempre lo que es, y lo que es no siempre es lo que ves». En general, podemos contar con que todo el mundo intenta sacar el máximo partido posible al mínimo precio. Incluso cuando no es así, es así. El solidario siembra semillas de una colaboración que espera que se le dispense cuando la necesite. El filántropo apacigua la conciencia o gana en prestigio. El altruismo se nutre de la expectativa. Todos esos pactos son buenos cuando son honrados, porque hacen la vida mejor para todos, que es de lo que se trata. Pero no dejan de ser pactos. Y en su m...

Perder de buen grado

Nunca nos repetiremos lo bastante aquella sentencia de François George, citada por Comte-Sponville: «Vivir es perder». No hay otro modo de persistir que exponerse al azote del tiempo y transigir con su implacable erosión. A cada instante nos dejamos una parte de nosotros: cuando menos, ese intervalo irrepetible que ya no podremos volver a habitar, del que somos literalmente exiliados. Pero nos dejamos algo más: el desgaste que conlleva. Cada día empezamos de nuevo, pero un poco más resquebrajados: con una cana más, con unas neuronas menos. Vivir envejece. Vivir hace más cercana la muerte al consumir tiempo (que se nos concedió limitado) y fuerzas (en cada replicación, las células pierden algo de lozanía). La rosa está programada para marchitarse, la belleza está hecha para declinar. Siddhartha Gautama inició su búsqueda tras el sobresalto de la vejez y la muerte; a todos nos ha sacudido esa conmoción, y nos estremece cada día cuando descubrimos nuevos anuncios de ella. Pero vivir tien...