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Convicciones y debilidades

Muchas historias nos muestran a personas con una vida más o menos estable, acomodadas en una cotidianidad previsible como un río calmo que va fluyendo sin demasiados sobresaltos por el tiempo, quebrado de pronto con la irrupción de un hecho inesperado que lo trastoca todo. En el nítido lienzo tranquilizador ha aparecido un desgarrón, en la límpida superficie se ha formado un remolino. Una pasión imprevisible, una pérdida atroz, una vieja herida que supura. El viaje, desde esa agitación, será ya inevitablemente distinto. Así es como la vida nos va llevando de etapa en etapa, nos obliga a cambiar de rumbo y nos recuerda la extrema fragilidad de nuestras certidumbres. Muchas veces se trata de un seísmo, un empujón inapelable, y en ese caso no tenemos mucho que hacer, más que sobrevivir e intentar reconstruirnos después de la riada. Sufrimos un accidente y nuestro cuerpo queda afectado, y entonces tendremos que aprender a vivir con ese cambio. Muere un ser querido, y, después de un tiem...

Prejuicios

¿Qué es malo? El prejuicio es malo. La convicción cerrada, conclusa, incuestionable, sobre todo cuando no va a favor de la persona, cuando quiere atravesarla en su afán de llegar al otro lado  ― a una supuesta trascendencia donde no hay nada, porque no hay nadie ― , eso es malo. Hay que prevenirse de las convicciones indemostrables, de las conclusiones precipitadas y de los principios estereotipados, tan artificiales como las superficies tersas, sin una sola mancha, sin una sola arruga, sin una sola grieta. Porque la verdad, si lo es, nunca está acabada, siempre deja entornada una puerta para la duda. La verdad, si lo es, no puede nunca ser definitiva, tiene que quedarle algo por hacer y por decir. Tiene que admitir que la cuestionemos; aún más: tiene que invitarnos a ello, empezando por no conformarse consigo misma. Es un axioma de la ciencia: no puede considerarse científico lo que no deja ningún agarradero para contradecirlo, para intentar probar su falsedad. ¿Cómo vamos a de...

A estudiar inglés

Me he propuesto aprender inglés. A mis años, y después de toda una vida de profesarle tan poca simpatía. Voy a hacerlo porque hace falta: me rindo. Lo necesito para la escuela, para mis investigaciones y ya para mi orgullo. No me gustaba: haré que me guste. Los gustos pueden ser también cuestión de voluntad. Le he perdido el miedo: las lenguas no son difíciles, puesto que en sus contextos las habla todo el mundo; las lenguas solo son extrañas: aprenderlas, por consiguiente, es solo una cuestión de familiaridad y práctica. También de actitud, y por eso he dejado de considerarlo algo ajeno y antipático; los idiomas, bien mirados, pueden ser como un juego: el juego de expresarse con sonidos insólitos y palabras asombrosas. Es divertido pensar que la gente puede comunicarse con lo que de entrada nos parece un galimatías. Estoy con aquel humorista que preguntaba: “Si quieren decir boca, ¿por qué dirán mouth ?” A uno boca le suena a boca, pero mouth recuerda a quejido de gato. Hay siempr...

Tropiezos

Arrojados al mundo, como nos veía Heidegger, ángeles caídos de no sé qué carruaje platónico, deambulamos sin rumbo, sin más certeza que el futuro final de la presencia, cruzándonos unos con otros en plazas y puentes de una ciudad extraña. Como la pareja de las Noches blancas de Dostoyevski, cómplices ocasionales y tal vez fallidos, compañeros de espera, porque siempre estamos esperando a alguien que no está, al amor de nuestra vida, al amigo ausente, al misterioso Godot o a cualquiera que viniese a redimirnos, que nos salvara del marasmo y nos condujera a la felicidad. Pero nuestros encuentros, a veces, son más bien tropiezos. Lo avisaba Spinoza, para quien las colisiones eran la ley de la vida y de la muerte. Alguien que seguía su camino, atolondrado, embebido en sus cosas, se inmiscuye de pronto en el nuestro como un ave o un aerolito. Irrumpe en nuestra senda y tropezamos, impactamos uno en otro, nos convertimos mutuamente en materia interpuesta, en estación, en desvío, en paisaj...

Prejuicios y afectos

Es asombrosa la habilidad que tenemos para darnos la razón a nosotros mismos. La mayor parte de los conceptos que nos hacemos de los otros en nuestra convivencia con ellos obedece, más que a atinadas evaluaciones, a los meros sentimientos que nos despiertan espontáneamente. Si a menudo no nos damos cuenta es sencillamente porque no nos interesa, porque necesitamos reafirmarnos, y por eso disfrazamos los afectos originarios bajo un aluvión de razones supuestamente buenas. Partimos de una convicción egocéntrica, primitiva, irracional, pero tremendamente eficaz: si alguien nos cae mal es porque tiene que merecerlo; entonces nos dedicaremos a coleccionar pruebas de sus depravaciones. No es una tarea difícil: si se pone suficiente atención, siempre se puede encontrar algo despreciable en cualquiera, sobre todo si eso es lo único que buscamos, rechazando por insignificante cualquier pista de lo valioso. El resultado final, hecho a nuestra medida, es que invertimos el orden de los factores: ...

La colmena electrónica

No soy muy dado a las comunicaciones, tampoco a las electrónicas. Tal vez por eso, todavía me asombro cuando veo cuánta gente va por la calle escrutando y manoseando pantallitas de móviles. ¿Alguien mira las casas, la gente, el paisaje? ¿O ya nadie puede escapar de ese pozo de mensajes a través de las pantallas? Esta tarde, viendo a la gente caminar sin mirar más allá de su mano, he cobrado conciencia de hasta qué punto las comunicaciones electrónicas nos han convertido en terminales de una red formidable, una infinita telaraña de palabras que nos mantiene a todos conectados unos a otros permanentemente, como abejas apretujadas en una colmena cibernética, construyendo entre todos una virtualidad que acaba siendo más real que el mundo material. Tampoco vamos a exagerar: el mundo sigue existiendo. Seguimos siendo un cuerpo que atraviesa el aire sobre la tierra, que choca y sufre y goza y envejece. La gente sigue reuniéndose, conversando, peleando y riendo; nos gusta disfrutar la buena...

Testigos y cómplices

¿Quién no se ha encontrado con una de esas personas que hablan y hablan de sí mismas sin escuchar, que hablan con verdadera voracidad, ocupando todo el espacio y sin dar cuartel a la respuesta del otro? Son traidores del justo intercambio, parásitos del tiempo, sitiadores de la paciencia. Nos hacen sentir objeto de un abuso, una violencia, una anulación. Mi madre, que siempre fue una eficaz escuchadora (y de ella debí aprenderlo yo), tenía una amiga destacada en estas lides, una profesional de la cháchara egocéntrica, que llegaba incluso a ofenderse si se le interrumpía; un día llegó a contarle que se había pasado horas agobiando a otra persona, pero le daba igual, porque “se había quedado nueva”. Tal vez hablaba para no tener que escucharse a sí misma. Al margen del narcisismo recalcitrante ― y probablemente primitivo, o al menos neurótico ― que manifiestan estas personas, al margen de la cosificación a la que nos relegan al tratarnos como meros instrumentos de su vómito existencia...