Desconcierta el espectáculo de una persona inteligente, sensible, honesta, que sin embargo se empeña en autodestruirse; obcecada en adentrarse, aun sabiéndolo, en laberintos de dolor que la van corroyendo y acaban por devastarla, cuando podría eludirlos con un esfuerzo mucho más pequeño que el que invierte en destrozarse.
¿Qué feroz enigma es este? ¿Qué sufrimiento atroz está siendo enterrado a paladas por esa otra pena voluntaria? ¿Qué fuerza, tal vez inconsciente, apremia a conspirar contra sí mismo con esa vocación precisa y tenaz? ¿Qué grieta interna nos divide entre ese no querer —ya que uno sabe, y lamenta— y querer —puesto que persistimos sin poder detenernos, enganchados como adictos a sus armas terribles—?
Si el que sufre no sabe hacer otra cosa, ¿cabe considerarlo una víctima, un enfermo? Es probable que así lo crea él, como muchos psicólogos que nos consideran meros organismos reactivos. Sartre, en cambio, opinaba que no, dado que siempre se puede elegir: la dificultad, por dura que sea, no exime de la responsabilidad, y no se admite como legítimo ampararse en ningún determinismo. En los asuntos humanos hay causas implacables de consecuencias contingentes: siempre queda otra opción. Sartre postula que la enfermedad, o el trauma, o la infancia triste, aun siendo reales, no valen como excusas tras las cuales esconder la pereza, o la rabia, o el miedo a elegir.
Ante la contundencia del dolor, tan categórica afirmación parece cruel. El drogadicto ansía liberarse de la compulsión que lo ata a sus adicciones, y se siente avergonzado y hundido cada vez que fracasa en su intento de contrarrestarlas. Sucumbe ante una fuerza que lo sobrepasa. Sartre no recrimina la derrota, sino evitar asumirla escudándose tras el victimismo. Por ejemplo, que se escabulla cuando intenten ayudarle, reprochándoles que no le comprendan; desautorizar un gesto de apoyo reduciéndolo a la ignorancia: «Para entender lo que siento tendrías que pasar por esto».
A menudo, el que asume su condena como una fatalidad no quiere que lo salven de ella, solo que se la alivien, o aun menos: que se queden sufriendo a su lado, que le presten atención y lo compadezcan, y se rindan con él a la inmensidad de su ruina. En cualquier caso, que no duden, en ningún momento, que su dolor es muy grande, casi cósmico, y le ha sido impuesto por una vida despiadada que nos empuja sin miramientos y nos mata sin promesas.
«Pero tiene razón —se objetará—. Es una víctima, ya que no puede evitarlo, o salvarse resulta tan difícil que, en la práctica y para la mayoría de nosotros, equivale a imposible». Tal vez sí: las tiranías del estrago pueden apresarnos como argollas contra las que nuestra endeble naturaleza no encuentra modo de arreglárselas. ¿Tiene derecho a reclamar fortaleza a los demás quien no se ve obligado a medirse con lo que le supera? ¿Tendrá razón el sufrimiento en despreciar a quienes lo juzgan desde fuera?
Y, sin embargo, yo he conocido gente más lista que yo, con más criterio que yo y desde luego más recia que yo, que no obstante permanece hundida en el mortal abrazo de lo que la destruye. No puede ser solo una cuestión de fuerza. Tampoco de conciencia, puesto que saben de sobras lo que hacen. ¿Será que su propia fuerza se ha sometido al servicio de las sombras interiores, como un perverso enemigo recóndito cuyo designio supera al de la aparente voluntad? ¿Habrá algo en nosotros que nos destruye para obtener satisfacciones secretas?
Se me ocurre, sin ir más lejos, cuántas veces el sufrimiento puede servir de arma arrojadiza. Se venga simbólicamente de quien nos ama, o al menos de quien espera algo de nosotros. Sirve también de escondite a los temores. El que se destruye está volcado, a menudo, en un frenético y minucioso trabajo: la ruina es su obra.
Pienso también en quien no soporta el éxito, o, mejor dicho: no soporta más éxito que el de imponerse un riguroso fracaso. ¿El viejo Tánatos que nos persigue desde la médula de la especie, o más bien una coartada para desplegar la brutalidad? Sí, sin duda es una víctima, está atrapado, pero, más que un enfermo, actúa como un verdugo. Se le puede compadecer, pero no ratificar. Se le puede comprender, pero no excusar. Se le puede amar con angustia —pues uno anhelaría desesperadamente que se salvara—, pero no con complicidad.
Es tan voraz a veces, el impulso autodestructivo, que a los de fuera tal vez no nos queda más remedio que resguardarnos de él, de sus ansias de demolición. Hay delirios que nos arrastrarían en su vorágine. Ahab estaba ciego de rencor y pereció en el torbellino de odio a Moby Dick, llevándose a muchos por delante. Cuando aferran nuestra mano tendida para conducirnos a la inmolación, tal vez sea hora de imitar a Ismael, y agarrarnos a lo primero que flote; aunque sea un ataúd. Hay contiendas tan íntimas y ofuscadas que no admiten compañía.

"Si vienes a que te demos palmaditas en la espalda y pensemos: "pobrecito, mira lo que le ha pasado"...te equivocas de sitio.
ResponderEliminarCada día ocurren tragedias, pero solo tú has elegido drogarte".
Tajante Proyecto Hombre, no excusas, no justificaciones. Salir del victimismo para ser dueño de tus decisiones, de tu vida.
Geniales.
Totalmente de acuerdo. El victimismo es el que nos convierte en víctimas, porque nos relega a un lugar pasivo. Sin embargo, me gustaría matizar que empoderar a las personas y animarlas a hacerse responsables de su destino no está reñido con ser conscientes de la complejidad de su problemática. Sin voluntad no hay nada, pero a menudo la voluntad no basta.
EliminarAsí es. Del mismo modo que a veces los problemas son el resultado de un cúmulo de factores, las soluciones también son la suma de diversas acciones. La voluntad es una de ellas.
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