La vida se nos opone de muchas maneras. El fastidio que nos infligen los otros es de las más arduas, no por lo grave (la vida misma es siempre más peligrosa), sino porque llega envuelto en una sospecha de intención, una suspicacia de arbitrariedad, una recriminación de celo.
Es fácil atribuir maldad a los fastidios ajenos, sentirnos víctimas inocentes de su taimada conspiración. Sin embargo, y dejando aparte de momento la responsabilidad que nosotros podamos tener, lo cierto es que en ellos hay menos voluntad de la que sospechamos; como decía el lúcido Bertrand Russell, la gente piensa en nosotros mucho menos de lo que creemos. La gente corriente suele actuar por rudimentario egoísmo, y solo de vez en cuando con mala intención. Si nos afectan sus consecuencias es por lo cerca que vivimos unos de otros.
En cualquier caso, el fastidio atañe al que lo sufre más que al que lo provoca; nos resultará saludable aligerar nuestras suspicacias probando con otras perspectivas. Para quien sabe ingeniárselas, la más molesta vivencia ofrece una oportunidad. Así, la curiosidad y la compasión son buenos enfoques —y atenuantes— para el fastidio. Por distintas razones, pero válidas cada cual a su manera.
En lo que nos contraría se esbozan inéditas propuestas de aprendizaje. Algo que ignoramos o que no hemos comprendido del todo; algo que intuimos y que quiere confirmarse, refutarse, completarse o matizarse. Para el observador entusiasta, el espectáculo de la vida, y en especial el circo humano, nunca está exento de novedades sugestivas. Los fastidios nos proporcionan material para la reflexión; y no solo eso: nos implican, nos envuelven, nos interpelan. Como reza el proverbio latino consignado por Terencio, nada de lo humano me es ajeno. Cada detalle del prójimo me remite a algo de mí mismo. Parece justo, entonces, que los demás nos hagan reír y llorar: nuestras risas y nuestras lágrimas surgen de lo más hondo y, probablemente, en realidad van dedicadas a nosotros mismos.
En esa identidad cobra un sentido más perentorio la compasión. Las torpezas, las mezquindades, las molestias ajenas ganan con ella una profundidad existencial y una simpleza conmovedora. Pasan a formar parte de la lucha angustiosa y patética del individuo con el destino, del deseo con el escollo, de la voluntad con la impotencia. Compadecer es atisbar la esencia heroica, absurda, del drama humano. Y presentir, sobre todo, que aunque lo veamos fuera no deja de implicarnos, que es también el nuestro. El prójimo es un evocador espejo de nuestra urdimbre más secreta.
Los budistas, tan buenos psicólogos, supieron comprender desde siempre el poder liberador de la compasión, y no solo como actitud, sino también como un hábito que conviene cultivar. Pocas prisiones más opresivas y devastadoras que el resentimiento. La compasión, entendida como una culminación de la empatía, va más allá del paternalismo autosuficiente de la piedad y el perdón. Nos sitúa a todos en un plano de igualdad, nos invita a la solidaridad y la comprensión, restaura los lazos y nos aproxima al sufrimiento del otro, que tanto se parece al nuestro, en un ejercicio de co-pasión. Es, en efecto, uno de los más genuinos triunfos de la ética, una herramienta constructiva y curativa que incita al afecto y sedimenta el sosiego.
Si el infierno son los otros, lo cierto es que no hay más remedio que atravesarlo. La convivencia está llena de fastidios, pero los fastidios están llenos de oportunidades. A veces Nietzsche acierta, y lo que no nos mata nos hace más fuertes. Quizá valga la pena un esfuerzo de paciencia y de ternura.

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