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Ni ilusos ni derrotistas

Frente a un aluvión recalcitrante de pensamiento positivo, pletórico de contento y encantado de haberse conocido, bulle un grupillo de filósofos y opinadores críticos que se esfuerzan por abrirnos los ojos a la penosa realidad del Matrix neoliberal; sano contrapeso del conformismo iluminado de la autoayuda, cargado de una incisiva sensatez. Sin embargo, después de leer a estos lúcidos pesimistas, uno tiene a menudo la angustiosa sensación de quedar atrapado en un estercolero sin salida. Se siente uno presa de una idiotez universal que, sin remedio, nos empuja en manada al abismo.


Por fortuna, basta interrumpir las disquisiciones —las ilusas y las sombrías— y hacer una llamada o salir a la calle, para comprobar que el sol sigue despuntando por las mañanas, que la gente se ayuda y se fastidia y se las apaña mal que bien como ha hecho siempre, y que la situación, como dijo el otro, es desesperada pero no grave, o al revés. En definitiva, que las cosas van mal, que llevamos una vida delirante y sonámbula, que el futuro es incierto, que no hay ningún agarradero seguro, que nos tienen recluidos en la celda de Segismundo o en la caverna de Platón... y aun así la gente ama y sufre y ríe y llora y trabaja y se divierte y, en fin, se las arregla como puede. 

¿Hubo algún momento en que no fuese así, al menos para la mayoría? ¿No trae cada cambio su pérdida y su desazón? En el ocaso de las polis griegas, cuando Alejandro se empeñó en alcanzar los límites del mundo, la gente se sintió abandonada por los viejos dioses, y se refugió en nuevas sectas como el epicureísmo o el estoicismo. Cuando el orbe romano saltó en pedazos, sobre sus ruinas se levantó la triunfante cristiandad. Su mensaje salvífico y agorero abocó a los vaticinios aterrados del fin del mundo en el año mil. Las epidemias no dejaron de asolar vidas y esperanzas en sus trágicas oleadas. La irrupción de la modernidad costó desmanes e hizo rodar cabezas. Tras la mortífera hecatombe de dos guerras mundiales, el hombre perdió definitivamente la inocencia, y se habituó a vivir bajo la espada de Damocles de la autodestrucción. 
¿Adónde iremos a parar?, exclamaban los abuelos, recelosos de cualquier novedad. Tal vez cada época conciba su propio Armagedón, su recelo de que todo se desmorona y nos despeñamos por una pendiente. El Titanic para el que nos dieron pasaje acaba por topar con algún iceberg, llevándose por delante vidas y tesoros. Pero a su lado cunde siempre un revuelo de supervivientes que dan brazadas para abrirse paso hacia un futuro que siempre fue arduo, peligroso e incierto. Mientras remamos, consternados y ateridos, contemplando el hundimiento del coloso que parecía imbatible, añoramos el hogar al que jamás podremos volver, y todo parece arruinado porque aún no vemos detrás de la niebla. Puede que buena parte de nuestras nostalgias se estampen contra el velo que oculta lo que viene, lo que se prepara más allá de lo viejo. 

Nunca habitaremos el mejor de los mundos posibles. La vida es en sí violenta y cruel, y nos asedia con sus reclamos y sus carencias. Nuestra especie, depredadora y diseminadora de detritos, no brilla precisamente como un dechado de virtudes, y la sociedad que hemos construido supura lucha, perversidad y opresión. Pero también somos creativos, tenaces y benévolos. Quizá el pronóstico acertado esté en algún lugar entre el optimismo autocomplaciente y el pesimismo desabrido. Vivir es perder, pero perder es el modo en que se hace sitio a lo nuevo. Yo veo niños que juegan, parejas que se abrazan y gente que sonríe: aunque a trancas y barrancas, aunque no se detenga a dar explicaciones, la vida sigue.

Comentarios

  1. En efecto, la vida se abre camino, como afirmaba el matemático Ian Malcolm en "Jurassic Park".

    Por un lado, tenemos que siempre se puede estar peor, como reza el chiste: Un pesimista y un optimista charlaban un día. El pesimista decía: "Maldita sea mi suerte, qué mal me va todo, no puede ir peor". A lo que el optimista le apuntaba: "Sí, hombre, ten fe, síí que te puede ir peor".

    Y por otro lado tenemos lo maravilloso de la vida, que también es mucho.

    Resulta curioso por ejemplo, cuando ves uno de esos magníficos documentales de animales de la 2 (una herramienta eficaz para la siesta por el tono del narrador. Si no te duermes, ese narrador no tiene ningún futuro...jeje), la imagen del león o la leona descansando o lamiendo a sus pequeños transmite paz y ternura, y nos sentimos tranquilos y orgullosos del mundo que vivimos. Acto seguido, las leonas dan caza a una presa y vemos la crueldad del otro lado de la vida.
    Ambos momentos forman parte por igual del mundo natural.
    El ser humano, también es así.

    Un joven guerrero indio acudió a hablar con el sabio anciano de la tribu y éste le dijo: "Ahora que vas a ser hombre, debes saber que dentro de cada uno de nosotros habitan dos lobos en continua pugna. El lobo de la alegría, del amor, de la amistad, de la generosidad, de la ternura, de la empatía, de la misericordia, de la bondad y de la comprensión. Y el otro, el lobo de la envidia, del rencor, de la maldad, de la violencia, de la avaricia y del odio.

    ¿Y qué lobo ganará la pugna? preguntó el joven. Y el anciano contestó: "Aquél que tu alimentes".

    Este podría ser uno de los motivos por los cuales procuro no ver telediarios.

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    Respuestas
    1. Lo cierto es que para la leona es tan natural lamer amorosamente a sus cachorros como lanzarse a una persecución sangrienta. Somos los humanos los que clasificamos los hechos, al contemplarlos desde una valoración moral. El cuento de los lobos lo sugiere claramente: los dos lobos están ahí, y forman parte de nosotros por igual, la cuestión es por cuál de ellos trabajará nuestra voluntad.

      Esta constatación de que el mundo no tiene colores morales, y que estos no son más que una elección humana, marca mi inquieta y ambivalente relación con la vida.

      Yo también procuro no ver los telediarios.

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  2. Sigo insistiendo en que hacer un telediario tan solo con buenas noticias, sería un experimento sociológico magnífico.

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