Ir al contenido principal

Gato por liebre

En la feria de las interacciones sociales, podemos permitirnos ser benévolos, pero no ingenuos. La inocencia es una pulcritud que conviene ir embarrando, mientras dejamos que nos curta la experiencia. La sagacidad nos da la ocasión de probar a ser magnánimos con fundamento, no por ignorancia. Tampoco se trata de parapetarnos tras una suspicacia despectiva o cínica, pero resultaría cándido olvidar que, como canta Pedro Guerra, «lo que hay no es siempre lo que es, y lo que es no siempre es lo que ves».


En general, podemos contar con que todo el mundo intenta sacar el máximo partido posible al mínimo precio. Incluso cuando no es así, es así. El solidario siembra semillas de una colaboración que espera que se le dispense cuando la necesite. El filántropo apacigua la conciencia o gana en prestigio. El altruismo se nutre de la expectativa. Todos esos pactos son buenos cuando son honrados, porque hacen la vida mejor para todos, que es de lo que se trata. Pero no dejan de ser pactos. Y en su matriz honesta puede colarse, por supuesto, letra pequeña que no lea nadie, ni siquiera el mismo que la redacta. 

Siempre hay que aguzar los sentidos cuando se trata de intercambiar, pero los negocios más arriesgados son los que no juegan abiertamente, los que se arropan con disfraces y componendas. El vendedor que pone un precio abusivo, al menos no lo esconde. En cambio, a veces pretenden embaucarnos con duros a cuatro pesetas. A todos nos gustan los obsequios, pero hay regalos que imponen gravosas obligaciones. En esto, como en todo, no se puede ser tajante: hay trampitas de estar por casa y estafas de órdago. Las imposturas de tres al cuarto ponen sal en las gachas cotidianas y hasta nos resultan entrañables, como los trucos torpes de los niños o las carantoñas de los enamorados. Pero es preferible no engañarse y mirar de reojo el gato encerrado. Siempre es más peligroso el enemigo —por así llamarlo— que no ves venir. 
Entre los escenarios en los que hay que andarse con más tiento están aquellos en los que se echa mano de histrionismos y extravagancias. Generalmente, bajo su despliegue de teatralidad, encubren alguna trampa. El victimismo manipula nuestra tendencia a la lástima y, sobre todo, a la culpa, al tiempo que se exime de ella. El afectado espera que se le dedique una tolerancia de excepción, incluso mientras abusa. Tras una brusca franqueza puede encubrirse una perversa crueldad, con la justificación de que «yo digo lo que pienso». El arrogante intimida a nuestras inseguridades. El resolutivo nos arrastra tirando de nuestra incertidumbre. Al cascarrabias o al abusón hay que soportarlos con paciencia, esperando a que se les pase el berrinche; al fin y al cabo, «ellos son así». 

Hay que mirar los tejemanejes humanos con una prudente compasión. La vida no es fácil para nadie. Todos tenemos carencias y deseos, todos buscamos a los demás para que nos echen una mano, y forma parte del juego que los demás hagan lo mismo con nosotros. Una vida sin requerimientos nos reduciría a la insignificancia. El mercadillo del toma y daca teje la red de la convivencia. En ese regateo, hacemos trampas y a menudo somos los primeros en caer en ellas. O nos las ponemos directamente a nosotros mismos, lo cual, a veces, nos lleva a la consulta del terapeuta. El ser humano es este simpático trilero que a veces se convierte en pérfido estafador. La sabiduría, más que escéptica, quizá deba ser astuta, y hacer acopio de una sana dosis de indulgente picardía. Y, aun así, a menudo nos darán gato por liebre. Abramos bien los ojos y disfrutemos de la feria.

Comentarios

  1. Recuerdo cuando era joven y trabajé unos años de camarero.
    Recuerdo que el jefe me obligaba a hacer unos bocadillos con escaso embutido. Yo no lo veía honesto. Cuando me dijo que había que tener en cuenta el margen de beneficio para mantener el negocio, le sugerí poner más embutido y cobrar eso de más.
    De repente, comenzó a vender mucho más y nuestros bocadillos se hicieron famosos en el barrio.
    La gente no miraba el precio, o sí, pero lo que era decisivo y más importante, es que el bocadillo les dejara satisfechos.

    Siempre he creído que los buenos negocios son los que ofrecen al cliente aquello que desea.
    La pregunta sería: ¿Se puede ganar dinero en un intercambio honesto?

    Yo creo que sí...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. "La gente no miraba el precio, o sí, pero lo que era decisivo y más importante, es que el bocadillo les dejara satisfechos". Magnífico principio, ya no solo desde el punto de vista económico, sino para aplicarlo en general en todos los intercambios humanos. Por ejemplo, la pareja o la amistad. Seguro que sale a cuenta.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Insidiosa complejidad

La vida hoy día se desintegra en un engrudo de complejidad. El mundo que nos ha tocado es intrincado de por sí, sobrecargado de estímulos y requerimientos, pero hemos interiorizado esa ansia de lo complejo y la hemos convertido en forma de vida mediante la hiperactividad. Tenemos que hacer muchas cosas, no podemos detenernos, hay que aprovechar cada instante so pena de empobrecer el propio ser ; porque en nuestro tiempo ser es ante todo hacer, cerciorarse de que no hay instante improductivo. Solo «vive» quien se entrega a una actividad frenética que llene todos los huecos (en una especie de horror vacui funcional) de una sustancia efímera y frágil, fácilmente desechable, para poder perseguir una nueva experiencia. Esto explica que la rebeldía, actualmente, se exprese como reivindicación de la inutilidad, como hace Nuccio Ordine en su obrita La utilidad de lo inútil.   La dispersión de nuestra era viene vinculada a otros fenómenos, que teóricos como Z. Bauman han descrito con deta...

La esperanza, desesperadamente

«La esperanza es una alegría inconstante», postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: «Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices». No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: «De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca». Pero, ¿qué sucede cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que «siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue». Parece sabio, por tanto, empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión : el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No enfoca su telescopio hacia nebulosas lejanas y dud...

Carne de neurosis

Uno de los principales méritos de Freud fue asomarnos a nuestras vastedades interiores. Un cenagal que, a diferencia del mundo que nos rodea, está poblado de instancias imaginarias (personajes, estampas) cargadas de emoción. Grumos de la actividad neuronal a menudo inconscientes, lo cual les confiere aún mayor fuerza y dramatismo. Pero el verdadero drama es este: vivimos a un tiempo en la realidad palpable, que percibimos y manipulamos, que conocemos y explicamos, y en esa dimensión paralela donde se libran misteriosos procesos y enconadas batallas al margen de nuestra voluntad; la una influye en la otra, existe un comercio entre ambas, pero —he aquí el drama— la dimensión oculta es la que manda. Es en las profundas cavernas de nuestra psique, sumidas en la oscuridad, donde se escriben las claves de nuestra conducta y los hilos maestros de nuestro destino. La identidad, la voluntad, el sacrosanto sujeto cartesiano, consciente y dueño de sí mismo, se disipan, según sostiene este paradi...

Perder de buen grado

Nunca nos repetiremos lo bastante aquella sentencia de François George, citada por Comte-Sponville: «Vivir es perder». No hay otro modo de persistir que exponerse al azote del tiempo y transigir con su implacable erosión. A cada instante nos dejamos una parte de nosotros: cuando menos, ese intervalo irrepetible que ya no podremos volver a habitar, del que somos literalmente exiliados. Pero nos dejamos algo más: el desgaste que conlleva. Cada día empezamos de nuevo, pero un poco más resquebrajados: con una cana más, con unas neuronas menos. Vivir envejece. Vivir hace más cercana la muerte al consumir tiempo (que se nos concedió limitado) y fuerzas (en cada replicación, las células pierden algo de lozanía). La rosa está programada para marchitarse, la belleza está hecha para declinar. Siddhartha Gautama inició su búsqueda tras el sobresalto de la vejez y la muerte; a todos nos ha sacudido esa conmoción, y nos estremece cada día cuando descubrimos nuevos anuncios de ella. Pero vivir tien...