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Regalos

¿A quién no le gusta recibir un regalo? El obsequio que nos trae un invitado, el detalle que nos dispensa un amigo largo tiempo ausente, los agasajos que recibimos por nuestro cumpleaños: todos ellos tienen el agradable sabor de las buenas intenciones, el halo tan grato de las ofrendas. Sin embargo, tras la costumbre de hacernos regalos unos a otros hay mucho más que una muestra de afecto o generosidad, hay implícito un complejo juego de intercambios que nos remite a lo más profundo de nuestra naturaleza. 


Un regalo puede constituir un mero reconocimiento, una señal de gratitud o de estima (de la gratitud que nos despierta la estima), incluso una manera de compartir la alegría, de hacer al otro partícipe de mi satisfacción. Pero, ante todo, y probablemente en origen, un regalo es un modo de crear una deuda, de comprometer al otro a hacer algo por nosotros, si es que en algún momento resulta necesario. Somos animales sociales, la sociabilidad se basa en el intercambio, el intercambio se funda en la reciprocidad: do ut des, doy y cuento con que me des, ese es nuestro instinto, eso es lo que esperamos y a lo que tendemos a responder. No es extraño que, a veces, según de quién vengan o en qué circunstancias los recibamos, los regalos (la deuda que consagran) nos resulten incómodos; ni que devolver algo a cambio de lo recibido suela inspirar un alivio. Nietzsche señalaba el carácter terrible, esclavizante, de la deuda con Dios, una deuda infinitamente cruel puesto que resulta imposible de saldar por nuestra parte. 

El regalo juega también con esa ilusión infantil del ego, la fantasía narcisista de la gratuidad. En ello reside la magia del regalo, que los grupos practican desde antiguo para fortalecer su cohesión, y los comerciantes aprovechan para favorecer la predisposición del cliente. Lo gratuito es siempre bienvenido, porque parece aportar una cierta ventaja en el intercambio, la agradable sensación de que se nos da sin esperar, como hacían nuestros padres y cuidadores en la infancia. Ingresar en la condición adulta implica perder esa gratuidad (que nunca fue total, pues, por inquietante que resulte, también nuestros padres esperaban recibir algo a cambio, también ellos estaban haciendo, con todas las salvedades que se quiera, una inversión, como mínimo en nuestro cariño). La adultez es la edad del intercambio riguroso, y aferrarse a la ilusión infantil de gratuidad es una importante fuente de problemas en las relaciones, por ejemplo en la amistad y la pareja. En una interacción entre iguales, «lo daría todo por ti» conlleva que espero una predisposición parecida hacia mí. 

No seamos cínicos: el altruismo es un bello gesto de la condición humana, que no hay que desmerecer. La generosidad existe, y es admirable. Claro que se hacen regalos gratuitos, o, si se quiere, regalos que no piden a cambio más que la felicidad del otro. Pero, incluso en esos regalos, los psicólogos evolucionistas han especulado una posible inversión a largo plazo, o una inversión en el grupo, que era en origen nuestro depósito de genes y nuestra garantía de seguridad. Lo que no tiene sentido, y ni siquiera es de justicia, es pretender que los demás nos favorezcan continuamente sin dar nosotros algo a cambio. Hay quien se las arregla para salir ganando siempre, y quien explota la buena predisposición de la generosidad ajena: nos parece abusivo o tramposo, y con razón. Todos queremos recibir algo en algún momento, de alguna manera, aunque solo sea contando con el reconocimiento y la colaboración del otro. Todo ello es lo que compramos (y nos compra) con los regalos: hay que contar con esa deuda implícita.

Comentarios

  1. Pues no sé si estoy de acuerdo en que invertimos al regalar algo.
    En principio y salvo excepciones, suelo hacer los regalos sin esperar nada a cambio, por lo menos conscientemente. Incluso diría que la mayoría de las veces disfruto tanto o más entregando la ofrenda que quien la recibe.
    Imagino que hay diferentes tipos de ofrendas, dependiendo del momento y de la persona.
    Aún así, dejo abierta la posibilidad de que suceda como dices, al menos inconscientemente, del mismo modo que muevo la pierna derecha y luego la izquierda y sucesivamente, con el propósito de avanzar, pero sin pensar en ello.

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    Respuestas
    1. Claro que sí, el regalo también es entrega, un testimonio de afecto y complicidad. Haces bien en remarcarlo.

      A veces me gusta cargar las tintas en una cara de la moneda, solo por hacerla más aparente, contradiciendo las aparentes simplicidades. Todo tiene muchas dimensiones a la vez, y seguramente unas van con las otras, de un modo inextricable. Es nuestro pensamiento lineal el que separa esa sutil complejidad de las cosas.

      El dar y el recibir es un trenzado de pactos y generosidades. Dar es un modo de pedir. Pedir es un modo de entregarse.

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  2. Aún recuerdo aquella sensación de hormigas en el estómago cuando se acercaba el día de Reyes o mi cumpleaños, la inquietud por ver qué me iban a regalar.
    ¿Por qué será que esa sensación va disminuyendo, al menos en intensidad, conforme crecemos?

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  3. Sí, estoy de acuerdo.
    Y cuestión de prioridades también.

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