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¿Qué hacer con la tristeza?

¿Qué se puede hacer con la tristeza? Un budista diría: dejarla ahí. Epicuro recomendaría: buscar una alegría; o mirarla de frente y comprobar que no es tan terrible. Séneca preferiría soportarla firmemente, desafiarla para demostrarle que no nos humilla. Montaigne sonreiría: "No te tomes tan en serio tus altibajos; epoché". Spinoza sugeriría cambiar las causas para que lleven a otros efectos. Un romántico, como Nietzsche, proclamaría vivirla intensamente, naufragando sin reticencia en sus oscuros bajíos. La terapéutica del siglo XX se decantaría por animarnos a expresarla: Freud preguntaría por sus causas profundas, Jung confiaría en ella como mensajera del misterio, Perls la sometería a catarsis; Ellis, más práctico, denunciaría sus afectaciones. A Sartre le resultaría indiferente, y nos recordaría que somos nosotros los que elegimos estar tristes; y si no es eso lo que quieres, pues que inventa otra cosa.


Me dejo muchas otras opciones, y seguro que las que expongo están muy sesgadas. Todas ellas, por supuesto, aciertan, de un modo u otro, es decir, parcialmente. Pero ninguna ofrece una perspectiva general, quizá porque es imposible, quizá porque es algo tan íntimo que, para acercarnos un poco a su esencia, habría que asomarse a cada una de las tristezas de cada una de las personas. Tal vez no haya estudio serio de la pesadumbre más allá del caso, de la vivencia concreta, de la pura fenomenología. Creo que los que más se acercan al núcleo de la tristeza son los poetas. Miguel Hernández escribió:

Rayo de metal sesgado,
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

En su versión leve, la tristeza resulta incluso acogedora, y nos invita al descanso, al ensueño, a la evocación, a la nostalgia. Es la melancolía, que pone coto a nuestros empeños heroicos y nos invita a abandonar la lucha por un rato. Hay melancolías blandas que son una oportunidad para el retiro y una llamada al fuego del hogar, donde nos arrebujamos para contemplar el crepitar de las brasas del tiempo. Pero no es conveniente detenerse demasiado: Saturno tiene sus propios abusos, que pueden sumirnos en trampas de difícil salida. La tristeza puede inmovilizarnos si se convierte en depresión, o en un gris sudario que cae sobre nuestros días y los priva de luz. Si eso sucede, hay que recrear la alegría como sea: inventar una lucha, articular un grito, salir corriendo. Nadie está triste si tiene algo que hacer.
Yo me he hartado de mis tristezas súbitas y tantas veces melodramáticas, el estéril y a menudo morboso vicio de lamerme las heridas. Y a veces me he sentido fuerte y lúcido como para dejarlas de lado. Ha habido tres ocasiones en que me sentí cerca de la clave: cuando practicaba meditación, cuando enfoqué la alegría como empeño y en algunos momentos del trabajo filosófico.

La meditación era como aligerar peso, como fluir con la vida sin tantos tropiezos. Y la tristeza es lastre, es la pesadez de inquietudes imprecisas, de amenazas indefinidas; el entorpecimiento de un miedo que tiembla sin saber muy bien por qué, que tiembla por sí mismo, que se crea a sí mismo en el puro temblor. Y la tristeza es tropiezo: querer avanzar y encontrarse con un obstáculo tras otro, en la penumbra; apartar telarañas en una cueva húmeda y sofocante; correr con los pies atados.
El empeño en la alegría fue un hermoso arrebato vitalista que me permití como un lujo alguna que otra vez. Conservo los hermosos cuadernos que escribí en aquel verano gozoso de libertad y aislamiento, en el que me sentía un conquistador de mí mismo, de una nueva vida que estaba dispuesto a reinventar y a llevar a cabo. Los titulé "El próximo paso". Fue la conclusión de un doloroso año asistiendo de cerca a la depresión de un ser querido, viéndole prisionero de sus angustias, cociéndolas a fuego lento y hundiéndose en ellas como en un pantano.
Curiosamente, fue esa situación la que me enseñó dos cosas fascinantes: hasta qué punto nos fabricamos nuestras propias congojas para zambullirnos en ellas, tenazmente, morbosamente; y cómo yo podía también hacer de defensor de la vida, de protector, de consejero del ánimo. Creo que fue esa fuerza que tuve que sacar de las piedras, por cariño hacia aquella persona desesperada, la que luego me sentí capaz de aplicarme a mí mismo, traducida en un dulce entusiasmo, un proyecto palpable, una ebriedad que me parecía lúcida. La depresión tan de cerca me enseñó mucho sobre mis propias tendencias depresivas, y sobre la ridiculez de tomarlas en serio, de darles tanto vuelo. Escribí en mis cuadernos: “Quizá la principal enseñanza haya sido esta: siempre se puede elegir la alegría, aun en las circunstancias más adversas. Estar contento puede ser una decisión, un empeño, una tozudez. Uno puede empecinarse en creer y en confiar. Si no nos ha sido concedida la fe como don, nos queda la fe como obstinación”. Encuentro esas palabras tan acertadas que no me parecen mías. ¡Y qué difícil ha sido mantenerlas frente a la pereza y la compasión de uno mismo!
Creo que en esos cuadernos estaba el embrión de lo que sería luego una entrega ferviente a la filosofía. Llevaba muchos años devorando libros de autoayuda; algunos me sirvieron de consuelo, o me sugirieron ciertas ideas valiosas, pero, al final, siempre me dejaban a la intemperie, como si su promesa de felicidad resultara hueca y poco creíble, como si faltara algo. Creo que sé lo que faltaba: actuar y pensar menos. Uno puede recostarse en plácidos textos de consuelo y comprobar cómo se hunde en ellos, igual que en las buenas intenciones que languidecen al salir a la calle. La New Age fue, y es aún, un gran mercado de la salvación barata, en el que se mezclan elementos de terapia psicológica con aires de misticismo. No tiene nada de malo, su intención es buena; sin embargo, como  los apósitos, alivia las heridas, pero no las cura. Al cerrar el libro la vida sigue siendo difícil, y nosotros vulnerables; resultó que el bálsamo infalible que nos habían vendido no era más que zumo de naranja con vitaminas.

Nada nos cura de la vida, esa es la verdad que tenemos que admitir, y es precisamente la que nos enseñan los filósofos. Hay que afrontar las verdades con lucidez, y encontrar en ello un sentido que nadie puede fundar por nosotros. Esta era la obstinación en la alegría que yo había proclamado en mis cuadernos. Desde entonces he tenido y tendré muchas tristezas, y no diré, como aquel maestro zen, que ya no me importen; pero al reconciliarme con ellas, al pensarlas con más tino, he encontrado una nueva fuerza. Ya no tengo que disimular, ya no me escandalizo tanto. La vida es alegre y es triste, es hermosa y es dura. La angustia viene, pero, como no le cierro la puerta, sale a ratos y me deja en paz. Y, como no me detengo mucho a compadecerme, como procuro ponerme a hacer algo, a veces hasta se me olvida. ¿Será esto la madurez?

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