Ir al contenido principal

Siempre nos queda la risa

A veces, cuando observo con atención los dramas de mi vida ―que son como los de todas las vidas―, me parece que la risa aguarda escondida detrás del escenario, como un duendecillo travieso, y que bastaría apartar los decorados para escuchar sus carcajadas. Es como si la risa fuese la oportunidad de llegar un poco más adentro, al corazón de las cosas, allá donde se difuminan los límites entre el sentido y el absurdo, y la pretendida lógica de nuestras convicciones se queda en paños menores con toda su inconsistencia al aire. En esas ocasiones, me pregunto si la risa no estará más cerca de la verdad, no será nuestra gran oportunidad para la sabiduría, esperando a que nos atrevamos a volvernos un poco más locos, es decir, más juiciosos. Dicen que Hipócrates fue llamado para curar al filósofo Demócrito de un ataque de risa imparable, y que el gran médico griego diagnosticó que no estaba loco, sino que era un sabio, puesto que se reía de la inmensidad de la estupidez humana.


Hablo, por supuesto, de la risa tierna, de la risa dulce y compasiva, tal vez más bien de esa sonrisa con que suelen representar a Buda meditando: una serena aceptación universal con un punto de picardía. Quizá meditar sea un esfuerzo por sonreír. No me interesa la risa como arma arrojadiza, la carcajada sarcástica que pretende herir o humillar; cuando se me escapa me hace sentir un canalla. Tampoco la del que se desentiende del sufrimiento humano, la risa que desprecia y abandona, espetando: “¡Con su pan se lo coman!” Ésa nos convierte en míseros; el dolor del mundo es tanto y tan malvado que quizá no siempre podamos reírnos. Sin embargo, ¡qué impacto de grandeza cuando vemos reír a alguien que sufre! ¡Qué lección para nuestro talante puerilmente quejoso, atrapado en tantos pesares imaginarios, ridículos en comparación con los de otros! En un documental sobre un pueblo del Tíbet, junto a la dureza de la vida de aquella gente, su pulso con el clima, la escasez de los alimentos, el esfuerzo de la supervivencia, se nos mostraban sus fiestas ancestrales, vividas con ilusión y entusiasmo, y la sonrisa con la que encaraban los largos días y los inciertos años. Llorar cuando toque, y reír el resto del tiempo: ¿no es eso lo que buscamos?
Me gustaría saber reír un poco más cuando me acometen mis súbitas melancolías y cuando me agobian mis ridículos problemas. A veces lo consigo, y me pregunto qué habría sido de mí sin el humor. Tal vez gracias a él he salido bastante airoso de los campos de minas, y he logrado escabullirme de muchas arenas movedizas. Puede que sin sus frescas ráfagas de chifladura hubiese naufragado en unos arrecifes de locura verdadera. Es lo que le sucedió a Holderlin por hacer inmersiones demasiado minuciosas en los sentimientos, y a Nietzsche por volar tan alto con la mente. No pretendo compararme con tales genios más que en nuestra común condición humana: todo, incluso lo virtuoso, puede resultar tan excesivo, tan desmesurado, que acabe por arrastrarnos. El humor tiene el poder de rescatarnos del hechizo de nuestros sueños y nuestras pesadillas, poniéndonos los pies en la tierra.

La vida es grumosa, pesada, “viscosa”, como dijo Sartre. Vivir es sentirse continuamente empujando algo cuesta arriba, como Sísifo con su roca. Hércules tuvo que dar la vuelta a las horas con sus doce trabajos de gigante: nosotros giramos y giramos en nuestros esfuerzos de enanos. Nuestra vida es agotadora de puro baladí, porque cada trivialidad se nos presenta como un desafío. Para vivir hay que trabajar mucho, hay que soportar mucho, hay que apretar mucho los dientes y creer —¡y qué difícil nos resulta a veces!— que tanto esfuerzo vale la pena. Sartre nos recordó que somos libres, y esa libertad de inventarse y de hacerse, ya lo dijo Ortega, es una dura tarea, que casi siempre nos obliga a ir contra algo: contra la gravedad que quiere despeñarnos, contra el temor que nos recuerda nuestra vulnerabilidad, contra la propia tendencia a rendirnos. Parece como si lo bueno siempre tuviera que costar, mientras que lo malo viene solo: ¿entropía del gozo? Y en el fondo de todo, el universo como un gran interrogante, saber que todo se perderá como cenizas al viento, que nuestra presencia se acallará pronto como un eco, devorada por el silencio.
“Escucha la risa del río”, le aconseja el barquero a Siddharta, para apaciguar sus angustias. El mundo, según se mire, parece un inmenso capricho, una broma pesada. Pero también una poesía. El universo ríe porque es grande y absurdo, y el humor es el aroma de ese absurdo. El humor nos salva porque nos sume en unos instantes de locura, allá donde la cordura amenazaba con aplastarnos, y entonces, fugazmente, nos parecemos a la propia existencia. Nos confundimos con ella como los camaleones, caminamos a su paso, nos acompasamos a su pauta delirante, y quizá por eso la olvidamos. Nada tiene trascendencia, nada es demasiado serio a escala cósmica: ¿por qué habrían de serlo nuestras preocupaciones, nuestras pérdidas, nuestros dolores, tan banales?
“La última carcajada es para ti”, le dicen a Bryan, en ese espléndido final de la película de Monty Python, los otros crucificados. Le invitan así a hacer lo único —¡y no es poco, si se consigue!— que le queda ante la muerte: reírse en su cara. El hombre es eso: el que puede reírse aún, el que siempre tiene la opción de la risa. La última carcajada es nuestra libertad última: Sartre, aunque con porte más severo, nos diría que aún podemos elegir. Camus imagina a Sísifo sonriendo al ver que la piedra, que remontara con tanto sudor, vuelve a caer implacable por la ladera. Lo angustioso se convierte en irrisorio cuando decidimos reírnos: “No estoy seguro de que haya vida antes de la muerte”, podemos decir con Groucho Marx. Epicuro también prometió despedirse del mundo con una carcajada, y aseguró que incluso escupiría a todos los carceleros que pretenden someter la vida humana.

Nuestra levedad es grave solo porque aún soñamos con sentirnos trascendentales; desde la perspectiva del universo, somos un accidente infinitesimal, un fugaz picor en las posaderas del cosmos. ¿Por qué no habría de tener razón el universo, que es mucho más vasto y más viejo? ¿Por qué no reírnos con él de nosotros mismos? Esa risa no trae solo un inmenso alivio: además nos reafirma como seres libres, es a la vez una entrega y un gesto de dignidad definitiva. No se trata de heroísmos, que serían hurgar en la miseria de nuestra insignificancia, sino todo lo contrario, de afirmar la insignificancia pero mirándole a la cara. La risa tiene algo de desquite: De acuerdo, yo soy una nada, pero tú solo eres una nada más extensa. Yo desapareceré, pero no habré estado aquí con menos contundencia que tú.
Reír es lo más urgente, lo más serio. El gesto grave y riguroso nos pone en tensión con lo inevitable, que siempre gana. Si tiene que ganar, venzámosle rindiéndonos con nuestra risa. La risa aligera nuestros pesos, porque se los entrega a la gravedad. Hay que ir soltándolo todo por el camino: hagamos limpieza en la mochila. La risa nos pone en nuestro sitio, y de paso recoloca todo lo demás. Vivir es trágico, o sea, cómico. El humor resuelve esta paradoja.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Insidiosa complejidad

La vida hoy día se desintegra en un engrudo de complejidad. El mundo que nos ha tocado es intrincado de por sí, sobrecargado de estímulos y requerimientos, pero hemos interiorizado esa ansia de lo complejo y la hemos convertido en forma de vida mediante la hiperactividad. Tenemos que hacer muchas cosas, no podemos detenernos, hay que aprovechar cada instante so pena de empobrecer el propio ser ; porque en nuestro tiempo ser es ante todo hacer, cerciorarse de que no hay instante improductivo. Solo «vive» quien se entrega a una actividad frenética que llene todos los huecos (en una especie de horror vacui funcional) de una sustancia efímera y frágil, fácilmente desechable, para poder perseguir una nueva experiencia. Esto explica que la rebeldía, actualmente, se exprese como reivindicación de la inutilidad, como hace Nuccio Ordine en su obrita La utilidad de lo inútil.   La dispersión de nuestra era viene vinculada a otros fenómenos, que teóricos como Z. Bauman han descrito con deta...

La esperanza, desesperadamente

«La esperanza es una alegría inconstante», postulaba Spinoza, que la asociaba al miedo y a la incertidumbre. El deseo es carencia, revelaba ya Platón, y Comte-Sponville concluye: «Mientras deseemos lo que nos falta, está descartado que seamos felices». No en vano, esperanza es esperar, o sea, no acabar de tener, y, como dice Pascal: «De esta manera no vivimos nunca, pero esperamos vivir; y, estando siempre esperando ser felices, es inevitable que no lo seamos nunca». Pero, ¿qué sucede cuando se cumple el deseo? Entonces sobreviene el hastío o la decepción, y hay que concebir nuevos deseos, de modo que «siempre estamos separados de la felicidad por la misma esperanza que la persigue». Parece sabio, por tanto, empeñarse en superar la esperanza, y sustituirla por la comprensión : el que sabe no espera, sino que asienta firmemente sus pies en la realidad tal como se le presenta, gravita en ella y se ciñe a ella: a su dolor y a su gozo. No enfoca su telescopio hacia nebulosas lejanas y dud...

Carne de neurosis

Uno de los principales méritos de Freud fue asomarnos a nuestras vastedades interiores. Un cenagal que, a diferencia del mundo que nos rodea, está poblado de instancias imaginarias (personajes, estampas) cargadas de emoción. Grumos de la actividad neuronal a menudo inconscientes, lo cual les confiere aún mayor fuerza y dramatismo. Pero el verdadero drama es este: vivimos a un tiempo en la realidad palpable, que percibimos y manipulamos, que conocemos y explicamos, y en esa dimensión paralela donde se libran misteriosos procesos y enconadas batallas al margen de nuestra voluntad; la una influye en la otra, existe un comercio entre ambas, pero —he aquí el drama— la dimensión oculta es la que manda. Es en las profundas cavernas de nuestra psique, sumidas en la oscuridad, donde se escriben las claves de nuestra conducta y los hilos maestros de nuestro destino. La identidad, la voluntad, el sacrosanto sujeto cartesiano, consciente y dueño de sí mismo, se disipan, según sostiene este paradi...

Gato por liebre

En la feria de las interacciones sociales, podemos permitirnos ser benévolos, pero no ingenuos. La inocencia es una pulcritud que conviene ir embarrando, mientras dejamos que nos curta la experiencia. La sagacidad nos da la ocasión de probar a ser magnánimos con fundamento, no por ignorancia. Tampoco se trata de parapetarnos tras una suspicacia despectiva o cínica, pero resultaría cándido olvidar que, como canta Pedro Guerra, «lo que hay no es siempre lo que es, y lo que es no siempre es lo que ves». En general, podemos contar con que todo el mundo intenta sacar el máximo partido posible al mínimo precio. Incluso cuando no es así, es así. El solidario siembra semillas de una colaboración que espera que se le dispense cuando la necesite. El filántropo apacigua la conciencia o gana en prestigio. El altruismo se nutre de la expectativa. Todos esos pactos son buenos cuando son honrados, porque hacen la vida mejor para todos, que es de lo que se trata. Pero no dejan de ser pactos. Y en su m...

Perder de buen grado

Nunca nos repetiremos lo bastante aquella sentencia de François George, citada por Comte-Sponville: «Vivir es perder». No hay otro modo de persistir que exponerse al azote del tiempo y transigir con su implacable erosión. A cada instante nos dejamos una parte de nosotros: cuando menos, ese intervalo irrepetible que ya no podremos volver a habitar, del que somos literalmente exiliados. Pero nos dejamos algo más: el desgaste que conlleva. Cada día empezamos de nuevo, pero un poco más resquebrajados: con una cana más, con unas neuronas menos. Vivir envejece. Vivir hace más cercana la muerte al consumir tiempo (que se nos concedió limitado) y fuerzas (en cada replicación, las células pierden algo de lozanía). La rosa está programada para marchitarse, la belleza está hecha para declinar. Siddhartha Gautama inició su búsqueda tras el sobresalto de la vejez y la muerte; a todos nos ha sacudido esa conmoción, y nos estremece cada día cuando descubrimos nuevos anuncios de ella. Pero vivir tien...