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Tres sombreros de copa

No se puede, en un comentario tan breve, hacer justicia a la densidad que Miguel Mihura cocina en su magistral Tres sombreros de copa . Aquí me limitaré a apuntar mis impresiones sobre el que me parece el tema de fondo de la obra: la precaria libertad, y probable capitulación, del individuo frente a las reglas sociales. Tratado, eso sí, con aquella mezcla de ingenio y ternura, de humor corrosivo y trágico, que caracterizaba al autor. La obra discurre con fluidez e intensidad, entretiene y agita, no hay risa que no duela, y es así como el drama de la vida se resuelve en comedia. O al revés. Pero, antes de entrar en materia y para situar al lector, empezaré por esbozar las líneas maestras del argumento. Dionisio es un pobretón pusilánime que aprovechará la típica oportunidad de casarse con una muchacha rica. Está pasando la noche anterior a su boda en un hotel de tercera. Todo queda bien compuesto y ordenado en su destino cuando se va a dormir, pero de pronto se cuela en su habitación P...
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Sentir y pensar, y viceversa

Muchos rasgos nos convierten en extraños animales. Suele empezarse por la racionalidad. Somos animales que piensan, sapiens. Una supuesta sabiduría que hay que celebrar, pero con matices. Resulta que, a pesar de entusiastas racionalistas como Platón o Descartes, el pensamiento a palo seco no siempre nos lleva por buen camino. Sus valedores lo oponen al turbio desbarajuste del sentimiento puro. Y es cierto que, descontrolada, la emoción es una fuerza ciega que embiste o se autodestruye. Sin embargo, Adorno y Horkheimer mostraron cómo la razón sin sentimientos conduce a Auschwitz. O sea, a lo mismo. Cuesta decidir qué abuso es peor: el odio febril de los fanáticos o la fría crueldad de los psicópatas. El dilema es tan viejo como polémico. Razón y emoción se compensan entre sí, y no parece que una sea más humana —ni más recomendable— que la otra. Sobre todo, no cabe considerarlas humanas por separado. La pura emoción nos convierte en bestias; la mera razón, en autómatas. Movidos por impu...

Perder el tiempo

Dicen que cuando los dioses preguntaron a Aquiles si prefería una vida larga y apacible o bien corta e intensa, el bravo guerrero, sin dudarlo, eligió la segunda. Es la respuesta que podemos esperar de un héroe, para quien no cuenta el tiempo (en la eternidad hay de sobras), sino el prestigio. Bien mirado, siempre vale más la calidad que la cantidad, y todos preferimos la aventura… mientras no vemos cerca el fin. ¿Quién, a las puertas de la muerte, no regalaría los destinos más apasionantes a cambio de ver la luz un solo día más? En cualquier caso, el dilema de la persona actual no es el mismo que el de Aquiles: no somos guerreros, y la medicina nos ofrece, en general y con bastante garantía, una vida razonablemente larga. Por tanto, nos preocupa más llenarla de sucesos emocionantes y felices, lo que nos inquieta es la posibilidad de que pase en vano. Así, nuestra respuesta al interrogante de los dioses sería, seguramente, que no queremos renunciar a ninguna de las dos cosas.  Se ...

Íntimas contiendas

Desconcierta el espectáculo de una persona inteligente, sensible, honesta, que sin embargo se empeña en autodestruirse; obcecada en adentrarse, aun sabiéndolo, en laberintos de dolor que la van corroyendo y acaban por devastarla, cuando podría eludirlos con un esfuerzo mucho más pequeño que el que invierte en destrozarse. ¿Qué feroz enigma es este? ¿Qué sufrimiento atroz está siendo enterrado a paladas por esa otra pena voluntaria? ¿Qué fuerza, tal vez inconsciente, apremia a conspirar contra sí mismo con esa vocación precisa y tenaz? ¿Qué grieta interna nos divide entre ese no querer —ya que uno sabe, y lamenta— y querer —puesto que persistimos sin poder detenernos, enganchados como adictos a sus armas terribles—?  Si el que sufre no sabe hacer otra cosa, ¿cabe considerarlo una víctima, un enfermo? Es probable que así lo crea él, como muchos psicólogos que nos consideran meros organismos reactivos. Sartre, en cambio, opinaba que no, dado que siempre se puede elegir: la dificultad...

Alta entropía

El sociólogo Zygmunt Bauman menciona la alta entropía que provocan los países ricos, refiriéndose a que son los más voraces consumidores de recursos, y, por consiguiente, generan la mayor parte de la contaminación y los residuos. En definitiva, actúan como los principales agentes de deterioro y desorden. Y no solo desde el punto de vista material: esa situación de privilegio no se sostendría sin una continua intervención política y militar en el resto de países, a los que deben manipular, agitar, sojuzgar y forzar para mantenerlos a raya en esa relación de sometimiento a la que necesitan relegarlos. El término que Bauman toma prestado de la Física es afortunado, como suelen serlo todos los suyos, aunque, más que a los países, habría que referirlo más bien a las clases dominantes, a las minorías privilegiadas que, también dentro de los propios países pobres, saquean y someten a la mayoría de la población. El cogollo de la entropía es resultado de los intereses y las actividades de las...

Pulsos de poder

Un niñito, de apenas dos o tres años, corre por la acera con una caja en la mano. La madre le llama y le dice que vuelva. El pequeño se detiene y la mira, como tanteándola, pero no retrocede. La madre le repite, ya a gritos, que regrese a su lado. El crío aguanta la sonrisa, titubea, pero sigue quieto. La madre empieza a contar: «Uno…» El niño frunce el ceño, se da por vencido y camina hacia ella, arrastrando los pasos. Suele asumirse que los niños necesitan llevar la contraria para reafirmarse, para sentir la entereza de su identidad. Las madres necesitan vencer a los niños para que estos no se conviertan en tiranos, y les impidan protegerlos y guiarlos. Lamentablemente, por cansancio o por pereza, por inseguridad o extravagantes convicciones, hay actualmente muchas madres (y padres) que dimiten en esa disputa. Pero no era ese el asunto al que íbamos aquí.  Los pulsos de poder son un fenómeno apasionante, que nunca me cansaré de observar y de admirar. Suceden de manera constante,...

Carne de neurosis

Uno de los principales méritos de Freud fue asomarnos a nuestras vastedades interiores. Un cenagal que, a diferencia del mundo que nos rodea, está poblado de instancias imaginarias (personajes, estampas) cargadas de emoción. Grumos de la actividad neuronal a menudo inconscientes, lo cual les confiere aún mayor fuerza y dramatismo. Pero el verdadero drama es este: vivimos a un tiempo en la realidad palpable, que percibimos y manipulamos, que conocemos y explicamos, y en esa dimensión paralela donde se libran misteriosos procesos y enconadas batallas al margen de nuestra voluntad; la una influye en la otra, existe un comercio entre ambas, pero —he aquí el drama— la dimensión oculta es la que manda. Es en las profundas cavernas de nuestra psique, sumidas en la oscuridad, donde se escriben las claves de nuestra conducta y los hilos maestros de nuestro destino. La identidad, la voluntad, el sacrosanto sujeto cartesiano, consciente y dueño de sí mismo, se disipan, según sostiene este paradi...