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La tarea de convivir

Convivir es una tarea. Una fiesta amena y variopinta que, como todo, tiene su precio. La gente da trabajo: necesita, pide, espera, engaña, sufre, presiona, sobresalta, confunde, abruma... Es un quehacer gozoso cuando amamos, y agotador en el conflicto o en la indiferencia. La cuestión es que esto cambia continuamente. Vivimos, con respecto a los demás, en una permanente tensión entre lo que necesitamos y nos atrae o complace, por un lado, y aquello que nos carga o nos fastidia por el otro. En cada movimiento hay que elegir, optar entre una de las dos posibilidades: acercarnos y entregarnos al juego, o distanciarnos y mantenernos al margen de él. El que no participa se mantiene a salvo, pero una parte de nosotros no quiere estar (demasiado) tranquila; se aburre y languidece sin barullo. Una parte de nosotros disfruta con el juego de lo osado y lo imprevisible. Y a veces manda.  La situación —nosotros, los demás, el contexto en el que nos relacionamos o podemos hacerlo— varía a cada...
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¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir amor?

Probablemente debemos a Freud la afirmación más comprometida del primigenio poder motivador del sexo; pero acaso debería haber excavado más profundamente en las pasiones. No se puede negar que existe un impulso elemental, telúrico, que nos vuelca hacia los otros en un afán voraz de contacto con sus cuerpos; un anhelo que, en última instancia, aspiraría a incorporarlos a nosotros, casi a fagocitarlos, entremezclando nuestros citoplasmas en una simbiosis que, trascendiendo esa separatidad de la que hablaba Fromm, nos aliara más allá de las identidades individuales. Esa ansia de mezcla alcanza su formulación más aparente en el coito, donde un cuerpo penetra en el otro y se proyecta en él; pero ya se escenifica en esos juegos de entrelazamiento que son los abrazos y las caricias, la piel que se adhiere a otra piel, los labios que abren otros labios, la lengua que los traspone. Los cuerpos se intercambian en ese protocolo apasionado que invade mientras se entrega, que ofrece mientras se ap...

¿Y eso cómo te hace sentir?

Si algo me sacaba de casillas en mis sesiones de terapia era que no se me diese la razón cuando la tenía, sobre todo cuando expresaba una indignación que yo valoraba justa. Después de despotricar durante un rato acerca de lo que yo consideraba una agresión —figúrate lo que me ha dicho, cómo se atreve, menuda falta de respeto…—, esperaba una cierta complicidad del terapeuta, al menos un guiño de comprensión, una palabra de aliento… Pero sin la menor misericordia, se me remitía de regreso a mis propios sesgos de percepción —qué es lo que te ha dolido de ese comentario, por qué crees que te ha molestado tanto, y si hubiese querido decirte…—. Y nada me exasperaba más que la socorrida pregunta: ¿Y eso cómo te hace sentir? Con el tiempo y la reflexión he comprendido, mal que me pese, que el profesional acertaba. Que se pusiera de mi parte no me habría servido para comprender o manejar mejor mis conflictos. El terapeuta eludía validar mis querellas neuróticas, y me las devolvía como dicen qu...

Contra la crueldad

Nietzsche considera la crueldad un disfrute innato en el hombre. ¿Realmente somos crueles por naturaleza? Esta posibilidad cobra sentido si la contemplamos dentro del concepto más amplio de agresividad. Parece indiscutible que el ser humano es agresivo de por sí: la crueldad formaría parte de esa naturaleza. Tendría algo de corolario: el placer de provocar sufrimiento intensifica una agresividad propicia para nuestra supervivencia y para competir con posibles rivales. Sin embargo, en nuestro programa innato la evolución también ha incorporado la mansedumbre, y eso explica que la crueldad no solo despierte un inquietante placer, sino también una intensa repulsión, conveniente para cooperar con los otros. La violencia tiene que ser contenida y regulada, y así se recoge en los sistemas normativos y morales. Pero la regulación de la violencia va más allá de la mera convención, y se incorpora como una inclinación inherente mediante ese proceso que los antropólogos han llamado autodomestica...

1984 posmoderno

Esa posmodernidad que se jactaba de haber desmantelado los grandes relatos, liberándonos de su larga sombra, ha hecho poco más que volar todas las certidumbres, sin dejar a cambio, al menos, alguna propuesta de brújula o de mapa. Su minucioso vendaval nos ha reducido a la condición de náufragos, chapoteando en un océano sin horizonte, a merced de piratas y de extravagantes ínsulas Baratarias. Entre todos asesinamos a César. Como enardecidas brigadas de demolición, ardientes conjurados, las muchedumbres del siglo nos hemos lanzado en tromba a despedazar uno a uno los sillares de esos monumentos formidables, esos templos colosales, que fueron las viejas ideas heredadas de los tiempos que aún tenían pasado y futuro. Libertad, igualdad, fraternidad, cielos o infiernos, reliquias o utopías, los conceptos sagrados de todo signo saltaron en pedazos como bastillas ideológicas y carcomidos muros.  Entusiastas renegados, invocamos la gloria de la deconstrucción. Amalgamados en una masa hom...

Las discusiones peligrosas

Me fascina la polémica que contrapone ideas, pero me hastía la discusión que se encastilla en un pulso de poder. Con la primera siempre gano algo; en la otra perdemos todos: además del tiempo, el afecto, la razón y la paciencia. Es una pena que la mayoría de las discusiones tengan más de orgullo que de sincera vocación de verdad. Pero basta conocer un poco de cerca la condición humana para entenderlo: quizá por herencia de los ancestros cazadores, quizá por legado de disputas seculares, lo cierto es que nos interesa más doblegar a otro que escucharle, y nos aporta más placer ganar que aprender. No hay más que ver cómo se desenvuelven los debates. El estúpido aferramiento a la propia postura, por inconsistente que resulte; la mutua sordera a los argumentos ajenos; la obstinación en reafirmarse la persona, en lugar de poner a prueba la idea. Si casi siempre hablamos ante todo para estar juntos, casi nunca discutimos para otra cosa que triunfar sobre el otro. Unos cuantos tanteos bastan ...

Buen chico

Uno de los prejuicios más fastidiosos sobre mi persona ha sido el de etiquetarme bajo el rótulo de buen chico . Así, a palo seco y sin matices. Como se te tilda de orejudo o patizambo. En todos los apelativos hay algo despersonalizador, una sentencia que te define de un plumazo despiadado, atrapándote en su simplismo. A los demás les sirve como versión simplificada de lo que eres; para ti constituye un manual de instrucciones del destino. Reza una máxima atribuida a César: «Es imposible no terminar siendo como los otros creen que uno es». Todos los rótulos son insidiosos, pero el de la bondad resulta especialmente problemático. Colgarte ese sambenito es el pasaporte directo al desprecio. En primer lugar, porque el buenazo , en su formulación tradicional, equivale a una mezcla de timorato y bobo. En segundo, porque alguien con fama de bondadoso es inevitablemente incómodo: no deja de recordar a los demás que no lo son. Y, en tercer lugar, porque los buenos chicos suelen ser infinitamen...