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Deseo, temor, esperanza...

Hay que hincar con decisión los pies aquí y ahora; “residir en la tierra”, decía Pablo Neruda. Vivir en el presente es permanecer ocupado. Estar fuera de él ― dando vueltas a un pasado ingrato o que no fue, anhelando o temiendo un futuro que no es y que tal vez no sea nunca ― es, en cambio, vivir preocupado. Ocuparse ― atender, actuar ― es lo contrario de preocuparse. Sin embargo, somos criaturas del deseo y del temor, esto es, de la expectativa. Eso nos condena a padecer más de la cuenta, a sufrir por sufrir. ¿Podríamos desear sin apegarnos, solo como una vaga aspiración? Anhelar es gozoso cuando no lo hacemos con ansia. ¿Podríamos temer sin angustia, limitando el miedo a un presagio sin profundidad, un temblor de superficie que se disipa al impactar en la orilla? El temor nos hace prudentes y nos arrima a los otros cuando no nos paraliza. Buda nos instaba a liberarnos de todos los deseos y a desechar todos los temores. Tal vez la mayoría no podamos lograr tanto, pero podríamos p...

Narciso liberado

“Sin amor, nada soy”, aleccionaba Pablo de Tarso en una de sus cartas. No hace falta ser religioso para estar de acuerdo. Amar es abrir la ventana de nuestra alma a la sustancia dulce, amarga, espléndida del sentido, y eso solo podemos encontrarlo en los otros, solo puede florecer al verternos en los otros y al dejar que nos acojan y, cómo evitarlo, que nos dañen. Y es ahí, en esa trascendencia de nuestro solipsismo acorazado, donde tenemos la oportunidad de encontrarnos, inesperadamente, a nosotros mismos; porque vivimos entrelazados unos con otros, y los caminos de ida son también siempre de vuelta. “Y adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor”, escribía Juan de la Cruz, también en una carta. ¿Y cuál es nuestra principal dificultad para participar en esa fiesta? El miedo, que nos hace desconfiados y temerosos, que nos hace avaros y reticentes. El miedo que nos impide salir de nuestra coraza y correr el riesgo de que se acerquen los demás. El otro, que nos ofrece una oportunidad,...

Asexuales

Hay un grupo de jóvenes resolutos que aseguran que para ellos la inapetencia sexual no es un problema, sino una manera más de encarar la sexualidad. No admiten que se les tilde de raros, ni de disfuncionales, ni de traumatizados o infelices. Reivindican con llaneza lo que ellos llaman asexualidad , término que no por discutible deja de hablar claro y con la fuerza necesaria. Luego matizan: no es que no puedan sentir placer, o atracción, o incluso tener relaciones y hasta disfrutarlas. Es, simplemente, que de entrada no les va ni el acercamiento sexual, ni la pasión carnal, ni puñetera falta que les hace el coito. En una palabra, que sus hormonas no les urgen a follar. Disfrutan, pero no es para tanto. Lo interesante, diría que lo temerario, es que rechacen que su rasgo sea una disfunción. Proclaman su carencia sin vergüenza. Ni inapetencia, ni inmadurez, ni miedo al pene ni trastorno de personalidad. Sencillamente, una modalidad más del talante humano. Eso da que pensar. No creo q...

"Sos peleador"

“Sos peleador”, me decía a menudo mi pareja argentina, entre asombrada y complacida; como suele suceder, también ella lo era, y yo le hacía de torpe espejo. Nuestras discusiones podían prolongarse varios días, en una reiteración sin fin de esgrima argumental (pero más  emocional), y nunca se resolvían con un acuerdo: simplemente, se desmoronaban por puro agotamiento. Si alguno cedía, cosa que pasaba en contadas ocasiones, era mucho peor, ya que no se trataba de una cesión sincera, sino desesperada, por lo que abocaba invariablemente al resentimiento. ¿Qué nos sucedía? ¿Por qué nos comportábamos de esta manera estúpida y destructiva, que acabó con nuestra convivencia? Porque, en efecto, ambos somos peleadores: ambos tenemos una necesidad neurótica de no ceder, de no quedar atrás, de no sentirnos a la sombra de otro; de reafirmarnos, en definitiva (ella lo negaría por lo que respecta a sí misma, por supuesto, y aquí volveríamos a tener motivo de disputa). Es más: tal vez, incluso ...

Introtopía

Ya lo denuncia Zygmunt Bauman: la globalización posmoderna ha erosionado, paradójicamente, el valor y la propia noción de lo común; cada cual tiene que arreglárselas solo. A la dimisión de la utopía se responde con la retrotopía (vuelta atrás, según Bauman) y, añadiría yo, con la introtopía: el sueño de la realización personalizada y lograda individualmente. Se trata de triunfar a toda costa, de sacarle partido al mundo al servicio de nuestras intenciones egocéntricas. Recluidos en nuestras celdas de la colmena atomizada, nos entregamos a una orgía masturbatoria de “pensamiento positivo” y sueños megalómanos: basta con poner suficiente empeño y con acudir, si acaso, al especialista indicado (gurú, terapeuta,  coach …) que nos enseñe a hacerlo. La propia moralidad, cuyo sentido originario es social, se privatiza y se convierte en autorreferente, como explica Bauman: “de ser el principal aglutinante que salvaba distancias y acercaba posiciones entre las personas y, en definitiva, l...

Diligente pereza

La vida pasa por sí misma; las necesidades y los requerimientos la empujan y la van desplegando: en este sentido, la vida simplemente sucede. Su objetivo es desplegar sus leyes fundamentales, y un buen día nos encontramos con que el tiempo ya las ha cumplido todas. En cierto modo, la vida no nos necesita para acontecer: no le hace falta nuestra atención, ni nuestra complicidad, ni nuestra voluntad. De pronto descubrimos que nos hemos hecho viejos, y nos preguntamos, atónitos, dónde estábamos mientras pasaba nuestra existencia. Del mismo modo que la gravedad tira de nosotros hacia abajo, la vida nos arrastra hacia delante, nos gasta y nos consume. Ese peso del existir es lo que Sartre llamó facticidad. Nos parece que se opone a nuestro proyecto porque notamos su tirón cada vez que queremos hacer algo propio, y no podemos hacer nada si no es contra el freno de su viscosidad. Pero lo cierto es que la facticidad no es una resistencia, sino el curso natural de las cosas. Es el proyecto hu...

El miedo en la maleta

Dicen algunos entendidos que el meollo de la felicidad es la ausencia de miedo. A poco que miremos en nuestro interior, confirmaremos esa tesis: siempre hay algún miedo agazapado tras nuestros desvelos, y todos los deseos convocan el miedo de no verse realizados.  “La gente es infeliz o por miedo o por apetencia infinita y vana”, sentenciaba Epicuro.  Rechazamos a personas que nos amenazan, o convertimos en amenaza a quien repudiamos. La envidia es el miedo a quedar atrás; incluso el resentimiento se ocupa de mantenernos en guardia contra quien nos dañó, y con la venganza rabiosa no solo restituimos la sensación de equidad, sino que exorcizamos el miedo a quedarnos solos con nuestro dolor, que querría paralizarnos, haciendo partícipe de él a quien nos lo provocó. El miedo es corrosivo, resquebrajante, demoledor. El miedo es enemigo de la vida, puesto que la asedia. Solo si no nos quedamos quietos nos sobreponemos a él, nos rescatamos de su celda sombría y volvemos a empuñar ...