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Turbadora inocencia

La inocencia es primitiva y tosca, ignorante y rudimentaria. El inocente vive inmerso en sí mismo, y ve al otro, si lo ve, como una simple parte del paisaje; aún no ha probado a pensar por él, a ponerse sus zapatos, a descifrar el íntimo alfabeto de su sufrimiento. El inocente vive sin topografía, anclado en su entidad ilimitada. La inocencia lo espera todo, cree merecerlo todo, y aún no ha aprendido a ceder ni a luchar. ¿Por qué veneramos tanto ese narcisismo elemental? ¿Por qué le entregamos el afecto y la complicidad sin dudarlo, encandilados? 


Quizá por su simpleza. Porque muestra el candor más puro y salvaje, aparentemente intacto, todavía más allá del bien y del mal. Es imposible ver en el inocente a un enemigo, ya que no podemos considerarlo un igual. Su egocentrismo es tan transparente que parece santo. Nosotros, que ya no somos ni podemos ser absolutamente inocentes, lo contemplamos, subyugados, con el asombro reverente que reservamos a lo sagrado. En su presencia nos relajamos, deponemos las defensas, nos limitamos a ser nosotros mismos porque no se nos juzgará. Y esa espontaneidad nos abre y nos rescata: es así como la inocencia del otro hace que nos reencontremos con la nuestra, que dábamos por perdida para siempre, y nos encanta verla saltar y cantar y reír como en la infancia, cuando aún no nos habían endurecido los zarpazos de la vida. 

Amamos la inocencia, en fin, porque nos inspira ternura, y la ternura es el lenguaje de nuestra propia inocencia recuperada. Amamos la inocencia porque es simple y perfecta, como los niños y los locos —esos inocentes—, y cuando la encontramos en alguien, por un instante, podemos entreverla en todos, porque en todos queda algo de niño y hay mucho de loco. La divina frescura del puer aeternus nos hechiza. 
Pero esa belleza, como todas, esconde sus peligros. Los niños, decíamos, no son buenos: solo son inocentes. Y tendrán que perder esa inocencia para crecer. Tendrán que abandonarla para adentrarse en la complejidad, para afrontar los tropiezos y las sombras de lo humano. El puer no está hecho para ser eterno, ni la inocencia para perdurar: lo contrario es solo un mito, y los mitos pueden atraparnos. 

Madurar, pues, es perder la inocencia, y las pérdidas siempre duelen: tal vez algo en nosotros pretenda aferrarse al paraíso, y, como Peter Pan, se resista a crecer. ¿Hay algo más patético, más traidor a la vida, que envejecer sin haber dejado atrás la candidez? De hecho, ¿no es un modo de mentir? Un hombre hecho y derecho que se comporta como un niño, que se pretende inocente, no resulta enternecedor, más bien inspira suspicacia. En él se adivina algo de impostor. 
La inocencia tiene su tiempo y su lugar. Cuando se prolonga fuera de ellos, si no es como parte del juego de la seducción, resulta torpe o empalagosa. Hay quien la usa como subterfugio, y ahí es donde más se aprecia lo artificioso, lo interesado, lo ladino del niño que no quiso crecer. El supuesto inocente tal vez someta a los demás a su capricho y a su insolencia, o quizá los maltrate con agresividad tiránica, amparándose en que él “es así”. ¡Cuántas veces caemos en esa trampa, y disculpamos conductas inaceptables solo porque no nos parecen premeditadas, solo porque les atribuimos una inocencia que es, en el fondo, la de nuestra propia ingenuidad! Llegamos a hacerlo incluso con seres tan peligrosos como los psicópatas, que exhiben la inocencia más elemental, más ruda, más cruel, de quien no puede o no quiere ponerse en el lugar del otro ni afrontar su humanidad. Hay inocencias que merecen nuestro amor, y otras de las que conviene guardarse. 

Comentarios

  1. Magnífico artículo amigo mío, invita a la reflexión. Es cierto que cuesta madurar, y nunca lo había visto bajo ese prisma. Estoy de acuerdo, ir perdiendo la inocencia es crecer, aunque me pese. Resulta agotador como nadar contra la corriente, y sin embargo es el sentido adecuado. Otra contradicción más. Estamos formados por continuas contradicciones.
    Aunque los niños y las niñas me parecen admirables para aprender de sus razonamientos y de su modo de ver las cosas. Poseen todavía una imaginación ilimitada y eso es valiosísimo.

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    Respuestas
    1. ¡Claro! A los niños les toca aún ser inocentes. Luego el tiempo los envejecerá y esa inocencia tendrá que convertirse en aprendizaje. Como adultos, miramos con nostalgia esa inocencia que perdimos, pero la nostalgia puede ser una guarida en la que nos escabullimos del futuro...

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