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Enamorarse

Hay cosas que se pueden hacer a ratos, episodios que no piden más que su ocasión para el manso disfrute. El encuentro con un viejo amigo se deleita en sí mismo, y, aunque se hereda del pasado y guarda siempre una expectativa de futuro, no necesita aludir a ellos, ni siquiera se atiene a ellos, le basta con evocarlos con una alegría tenue como la llama de una vela. Uno puede dedicar un verano a pintar un cuadro sin que le urja acabarlo ni le preocupe cuándo volverá a pintar.


Pero el deseo intenso germina con muchas raíces, con ansia de crecer y poblar el mundo. El deseo no acepta una suerte puramente ocasional o episódica, no puede detenerse, siempre quiere ir a más. El deseo mesurado y prudente de los estoicos y los budistas es fresco como una brisa y perfumado como una taza de té, pero no cala en la hondura ni estremece hasta la médula. Es vida dulce y tierna, vida serena de paseos por los bosques y siestas estivales bajo la sombra de una parra. Pero no sacia el hambre de pasión que el alma anhela, no hechiza ni arrebata ni colma los sueños bravos de gestas y ambrosía. 
Imposible pedirle al enamoramiento que medite, que busque la sabiduría. No se puede vislumbrar el paraíso sin que cada una de nuestras células empuje para habitarlo, sin que el límite nos hiera y nos suma en una pena abrumadora. No es posible tomar un simple sorbo de amor: o sale uno corriendo, o se entrega, hasta las últimas consecuencias, aunque prometan dolor. Grisóstomo se marchitó de pesar por el despecho de Marcela. Sinuhé lo perdió todo. Wherter enloqueció. Los amantes de Teruel perecieron contra la prohibición de amarse. Larra, como tantos despechados, se suicidó. 

El enamoramiento es uno de esos deseos desbordantes, expansivos, conquistadores, que no se conforman con un día, que si no estallan languidecen sin remedio. Lo anima el enardecimiento, lo posee la locura; burla la voluntad y desdeña la razón. Quiere volcarse sobre el mundo y no se aviene a detenerse. Solo sabe cabalgar hacia delante, sin importarle reventar los caballos o arriesgarse a un traspiés por los despeñaderos. El enamoramiento quiere más, más, y no se conforma con menos. Es una fuerza primitiva, poderosa y trágica como las aguas bravas o los huracanes o las olas que embisten las rocas muriendo con violencia mientras azotan los acantilados. 
Una potencia así, que nos ensalza hasta los cielos y luego nos derriba y nos hunde en las cavernas, tal vez en rigor no nos pertenezca. Tal vez no salga de nosotros, y brote de la especie o de la propia vida, que a veces se exhibe poderosa y terrible, y nos posee y nos convierte en los meros instrumentos de su aventura. Llamémoslo hormonas, o genes, o acaso desvarío: parece guiado por un clamor que nos viene de lejos y aferra nuestras pobres riendas y nos lo saca todo hasta dejarnos consumidos, hasta que nos derrumbamos por puro agotamiento. No es extraño que los antiguos lo consideraran cosa de dioses o demonios. Lo que no admite duda es que cae del cielo, como los diluvios, y nos lanza más allá del pequeño individuo que suele habitar nuestros días. 

¿Qué hacer ante ese prodigio tan peligroso? Las historias que nos conmueven son las de aquellos que lo han seguido sin objeción, las de quienes se le entregaron sin reparo. “Cuando el amor os llame, seguidlo”, afirma sin dudarlo Khalil Gibran, que sostiene que el amor no está para hacernos felices, sino para hacernos vivir. La herida del amor es divina, con todo lo maravilloso y terrible que eso conlleva: nunca el mundo estará más lleno de luz, si bien esa luz portentosa quizá nos deje ciegos. Que cada cual elija por dónde despeñarse.

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