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Aceptar, primero

No hace falta venerar la condición humana para que la existencia se nos haga más o menos llevadera. Tal vez solo unos pocos sean capaces de llegar tan lejos. Para la mayoría de nosotros basta con que admitamos lo que es tal como es, y deseemos sin demasiada ansiedad lo que preferiríamos que fuera. En nuestra tensión con la grumosa facticidad, los deseos y las aspiraciones los ponemos nosotros, y el mundo se pone a sí mismo al otro lado: no es preciso decir quién inclina la balanza.


Desear es un lujo, incluso cuando podemos respaldarlo desde la ética y la justicia; además, pocas veces basta con el deseo: luego hay que trabajar, hay que luchar, y a menudo, muy a menudo, hay que perder. 

Para residir en la tierra, por consiguiente, lo primero es aceptar. Cualquier novedad futura, para abrirse paso, deberá remitirse a la realidad del presente; contar con ella, sumergirse en ella, entreverarse con ella, acabar siendo uno: “Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra”, asevera Camus a propósito del humillado Sísifo, que nos representa a todos. Así pues, fundirse con la piedra para poder remontarla ladera arriba, para cumplir nuestro destino de hacedores incansables y tantas veces malogrados. Y levantarse y caer pacientemente, puesto que vivir es eso: luchar y perder. 
Y no hace falta, decíamos, que nos encante que las cosas sean así; pero cuanto antes no hagamos a la idea, antes podremos ponernos manos a la obra. Por otra parte, ¿de qué nos servirá abrumarnos por ello? En el principio fue la reconciliación; no como primer paso (el primer paso es ya acción): sería un paso previo, una especie de antecedente, una condición que hay que comprender y consentir para poder empezar. Aceptación serena, respirar hondo y a por la roca que nos espera al pie de la montaña. Quizás así algún día logremos hacerlo sonriendo, y convertir lo necesario en gozo. 

De hecho, si sabemos vivir con una cierta conciencia, a la larga el disfrute debería llegar. Hemos brotado de la vida, y estamos hechos de su barro. Más temprano o más tarde, tendríamos que acabar amándolo, que sería como amarnos, por fin, a nosotros mismos, y amar en serio y sin fisuras a los otros. La vida es violenta, sucia, cruel, pero no más que nosotros, ni nosotros más que ella. Como decía Rilke, que tanto quiso amar y quizá lo consiguiera, “no tenemos ninguna razón para desconfiar de nuestro mundo, pues no está contra nosotros. Si tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, esos abismos nos pertenecen; si hay peligros, debemos intentar amarlos... Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan solo eso, vernos una vez hermosos y valientes.” 
Por fortuna, la existencia también está llena de deleites; Epicuro nos invitaba a cultivarlos y disfrutarlos. No solo hay dragones: la aventura además es divertida, plácida y pletórica a ratos. Quien juegue en serio el juego de la vida, quien ejerza conscientemente su destino de Sísifo, no encontrará en él tan solo sufrimientos; también sacará muchas alegrías, empezando por la del propio hecho de vivir, que, como nos recordaba Spinoza, es en sí mismo un conatus, una potencia que busca abrirse paso y se complace en ello, como sugiere el hecho de que nos aferremos a la existencia con tanto empeño, y que nos horrorice la muerte. Pues bien: hasta a la muerte, que forma parte de la vida, podríamos intentar amar. 

Por alcanzar la sabiduría de ese amor, aunque sea un instante, aunque sea incompleto, vale la pena seguir adelante, y apurar sin rencor las amarguras y las penas. Ojalá sea ese el balance con el que nos retiremos del escenario. 

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