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Solo por miedo

Una vida más tarde comprenderemos
que la vida perdimos…
solo por miedo.

Conmociona María Salgado con su canción Solo por miedo, letra de Juan Pablo Silvestre. No podemos escucharla sin que nos haga mella: ráfaga que agita, rayo de luz, y al mismo tiempo velo de pesadumbre. La música esa guitarra grácil y briosa, secundada a veces por otras cuerdas nos envuelve, el requiebro del canto de María nos hipnotiza. Amor que se debate en la contradicción entre el deseo y una realidad que le corta las alas, titubeo entre la prudencia que nos guarda y el arrebato que nos expone; clamor desesperado que anima a seguir el anhelo, aun siendo peligroso, pero lamento a la vez porque presiente (o constata) el triunfo de la resignación y la pérdida.


Así es la vida; así es, a menudo, el amor. La canción juega desde el principio con esas disyuntivas y nos las pasea por el alma, acariciándola con su delicada belleza y al mismo tiempo desgarrándola con su congoja. En la primera estrofa ya nos desconcierta: ¿cómo entender un miedo “bonito”, un futuro a la vez “oscuro” y “brillante”, un delito “exquisito”, una vida que es bella porque “se olvida”…? El gozo y el sufrimiento parecen desfilar como dos gemelos abrazados. Y ese miedo (gemelo que se abraza a cada uno de nosotros, decía Hobbes) que insiste desde cada estribillo…

¿Cuál es, entonces, ese miedo “bonito”, “sincero”, pero a la vez terrible, puesto que nos hace perder la vida entera? ¿Cuál es esa herida “profunda y dormida”? Lo preguntamos desde el primer verso. Es un enigma que alimenta nuestras fantasías, sobre el que, canción adelante, vamos haciendo mil cábalas. Sabemos, sin asomo de duda, que es verdad, porque la vida siempre es gozo y dolor entremezclados, pero queremos que el autor nos hable de sus desvelos concretos, para poder darle la razón.
Sin embargo, el poeta se resiste, porque prefiere que lo acompañemos en el puro sentimiento, que reflexionemos con él sobre lo difícil que es afrontar esa ambivalencia de la vida. Que cada cual evoque sus propios afanes maltrechos, todas esas veces en que ganar era perder, o podía serlo, o acabaría siéndolo; y por eso, en más de una ocasión, no nos atrevimos a jugar, le salimos al paso a la pérdida renunciando de antemano: es decir, perdiendo. Evitamos la decepción a costa de la vida, y eso es lo que quería sugerirnos el autor. Sobre lo suyo, nos mantiene en ascuas, hasta que de repente, casi sin querer, lo confiesa en la última estrofa: “¡Quién pudiera decirte lo que te quiero!”
Era miedo, pues, a revelar el sentimiento, a confirmarlo (¿crearlo?) llamándolo por su nombre. Se confirman nuestras expectativas, pues de algún modo la canción ya nos encaminaba hacia ahí. Vacilación sartriana: mientras callamos, permanecemos a salvo, pero sin oportunidad; solo en la acción, en el compromiso, se configura la posibilidad de lo posible, pero también el vertiginoso riesgo de su imposibilidad, y sin duda sus consecuencias. Una palabra es un acto, y de los más candentes, pues un leve sonido basta para que nuestros pensamientos se conviertan en hechos, y ya no nos pertenezcan. Hay que optar entre la seguridad dulcemente triste ―“¡qué segura una barca a la deriva!”― o el acto que nos saca de la impotencia, pero nos expone al desengaño. Spinoza, partidario de no desperdiciar ninguna ocasión de hacer medrar la vida, seguramente habría defendido el acto; Nietzsche nos habría animado al riesgo, y a afrontar con entereza la llegada del dolor: nunca como decepción, sino como justo precio de la osadía.

También el poeta parece animarse en la tercera estrofa, probablemente la más bella:

¿De qué sirve la calma si no me salva?
¿Cuánto vale mi alma si no cabalga?
¿Dónde va la esperanza si no me alcanza?

¡Vívidas llamadas a la acción, que podemos anotarnos para repetírnoslas en las horas bajas! Frente a la melancolía del resto de la composición, el poeta contrapone el valor, que es esa opción que tenemos siempre de hacer frente al miedo y trascenderlo, convertirlo en reafirmación y en virtud. “El miedo es una tristeza inconstante”, decía Spinoza, y lo asimilaba a la duda. Miedo y duda nos paralizan, nos congelan en un limbo que no avanza en ninguna dirección; o nos hacen huir, que es desistir, pero no porque sea eso lo que queremos (el deseo nace con vocación de realizarse), sino como una capitulación. El miedo nos disminuye mientras nos replegamos ante él, hasta que le oponemos el valor, que tal vez no sea más acertado, pero que siempre nos rescata. Y el autor tantea ese reavivar las brasas, contempla la espléndida posibilidad de acudir a esa llamada, tal vez esté a punto de cabalgar para acudir al rescate de la vida…  

Pero al final triunfa la reticencia. O al menos eso nos sugiere la conclusión, escrita por fin en primera persona, pero en subjuntivo, que es el tiempo de los sueños perdidos: “¡Quién pudiera decirte lo que te quiero!” Quién pudiera es no poder. Es el miedo que, tras asediarnos, se impuso. El estribillo cierra como una sentencia que nos deja acongojados: “Una vida más tarde comprenderemos que la vida perdimos solo por miedo”. Ganó el miedo, perdió la vida. La canción termina, nos quedamos solos, vacíos, con el silencio.
¿Hemos llegado realmente al final? Tal vez no. En nuestras manos está volver a escuchar la canción, regresar al principio de la poesía. “¡Qué bonito es el miedo cuando es sincero..!” Pensar, sentir, dudar, temer de nuevo. Contemplar otra vez la opción del coraje, que siempre sigue ahí, como los gozos y las sombras, como la vida mientras dura. Quizá la próxima vez escojamos cabalgar.

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