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Simpatías y antipatías

Aceptar que hay gente a la que no le caigo bien, a la que nunca caeré bien por más que haga por conseguirlo, ha sido una de las lecciones más difíciles para mi ego. “Yo sé que hay gente que me quiere, yo sé que hay gente que no me quiere”, canta Silvio Rodríguez con lúcida melancolía, y esa es una divisa que tengo que repetirme a veces para recordarme que jamás conseguiré que me quiera todo el mundo.


Digo que no me fue fácil, y que a estas alturas, a veces, sigue sin serlo. De algún modo un tanto mítico, uno desearía ser querido por todos. Es uno de esos sedimentos de la infancia que nos acompañan toda la vida, como el eco de una aspiración profunda e imposible. Porque si algo enseña la vida es cuánta gente con la que nos cruzamos no nos da precisamente la bienvenida, con cuántas personas los encuentros son tropiezos o incluso verdaderas colisiones; a cambio, la vida también nos enseña a encajarlos cada vez con mayor naturalidad, a aceptarlos sin demasiado conflicto interno; en definitiva, a admitir que así son las cosas, que incluso es probable que ni siquiera merezcamos que todos nos aprecien. Aprendemos entonces a frecuentar a esos prójimos lo menos posible, evitando así la incomodidad que nos produce su evidente rechazo, el malestar de reconocer que no somos queridos, y procuramos olvidarlos aprisa, o convivir con ellos como si no estuvieran del todo.
Admitir que no todos nos quieran, y que muchos no nos quieran como desearíamos, es un gran paso en el largo camino de desmantelamiento de nuestro ego, de su hibris que le impulsa a apropiarse de todo, incluido el cariño universal. No, no todo nos ama ni puede amarnos en el vasto universo, y tampoco lo merecemos, tan carentes y agrietados como somos; en realidad, para la mayoría somos indiferentes, y esa escasez del amor y de la estima es lo que los hace tan valiosos.

¿Por qué a veces es tan fácil entenderse y complementarse, sin que apenas cueste trabajo? ¿Por qué otras, en cambio, ningún gesto puede conquistarlo? En puridad, ¿se puede merecer la estima, como se merece el respeto, la confianza o la gratitud? Cualquier cosa que hagamos por ganarla sabe a artificio, y eso apunta a que se trata de un don. Se habla de “tener buena química” para expresar que dos personas se avienen. Goethe, demasiado técnico, lo llamó afinidades electivas, y lo convirtió en el áspero título de una dramática novela de amores difíciles.  Todos hemos tenido oportunidad de sentir esas afinidades, a veces suaves como una dulce brisa y a veces irresistibles como un vendaval; hay quien nos es grato y quien nos atrae violentamente, con un magnetismo irredento. Del mismo modo que hay enamoramientos súbitos, también hay amistades o al menos atracciones repentinas, incontestables: sencillamente, parecemos estar hechos para encajar mutuamente, como dos piezas de un puzle, y la confluencia es algo que fluye por sí mismo, como un influjo divino superior a nuestra voluntad.
Montaigne nos habló profusamente de la devoción que le inspiraba el gran amigo de su vida, su alma gemela, su cómplice en el espíritu, Étienne de la Boétie. Se conocieron al coincidir en una fiesta, y nada más empezar a hablar se sintieron “tan seducidos el uno por el otro, tan bien avenidos, tan ligados entre sí”, que desde ese momento se convirtieron en inseparables. El autor de los Ensayos consideraba aquella amistad “tan entera y tan perfecta que difícilmente se habrá leído algo semejante… Tantas coincidencias se requieren para construirla, que sería mucho si se diera la fortuna una vez cada tres siglos”. Todos hemos sentido complicidades así, quizá no tan literarias, pero no menos entusiastas. Son ese amor que los griegos llamaron philia, y que consideraban superior a eros, el amor apasionado, porque tenía que ver con el sentimiento, tan puro, tan sosegado, tan generoso de la camaradería y la fidelidad mutua.
Yo he tenido grandes amigos, verdaderos compañeros de viaje con los que he compartido paseos, confidencias, frescas charlas sin más objeto que acompañarse y darse mutuo cobijo. Yo he tenido amigos en cuya mirada limpia he podido contemplarme como en las aguas de un arroyo, sintiendo que se me veía y se me reconocía, y que el mundo, a través de aquella presencia, me consideraba valioso por mí mismo, sin necesidad de dar ninguna medida. Amigos que han pedido poco y que han dado mucho, con los que, después de meses sin vernos, no asomaba ningún atisbo de extrañeza, y la última palabra dicha aún resonaba en el aire y daba pie a la primera del nuevo encuentro. Amigos a los que no había que explicar mucho para que entendieran, y que se limitaban a respetar lo que no compartían. A veces alienta una extraña unión en la diferencia.

Es cierto que, aunque tales compañías parecen gratuitas, nunca lo son del todo, y eso también lo enseñan los años. Eso no les quita mérito, pero es importante que comprendamos que incluso en esa limpidez se esconde siempre la fragilidad de todo lo humano. “No dejes que crezca la hierba en el camino del amigo”, dice el refrán. Las personas cambiamos, cambian las circunstancias, y el vendaval de la vida trae nuevas presencias y se lleva otras. Algunas las perdemos por cuidarlas poco, por dejar que crezca la hierba; a veces no hay perdón para ese descuido, pero en otras ocasiones quizá deba ser así. Con algunos amigos me ha sucedido que, sencillamente, había pasado el tiempo de la amistad. En otros casos, ni siquiera la vorágine del tiempo se los ha llevado, y han permanecido para toda la vida, incluso cuando las distancias han sido grandes, como hermanos del alma o partes indivisibles de nosotros.
Así que las amistades tienen algo de don y algo de tarea, como sucede con todo lo valioso. Y lo mismo sucede con los meros aprecios, las simpatías cotidianas que, aunque más superficiales, no deberíamos despreciar, porque forman el tapiz de los afectos de nuestras jornadas, la liviana sustancia en la que se dibujan nuestros días. Los vecinos, el señor que nos pone el café en el bar o la dependienta de la panadería con la que intercambiamos una sonrisa, los compañeros de trabajo, hay muchas presencias que configuran el escenario de nuestra vida. Es importante que florezcan afabilidad y abrigo en esos leves intercambios, sobre todo si nuestra existencia es más bien solitaria, porque son ellos los que marcan la diferencia entre un devenir grato o desolado.
En esos entornos obligados, tenemos necesidad de simpatías y complicidades. Hay que ganarlas. Hay que cultivarlas con esmero, con paciencia, con tolerancia, con magnanimidad. Y hacerlo sinceramente, no como un mero gesto interesado, sino como una apuesta comprometida con lo humano. También se puede amar por convicción, es lo que los griegos llamaban ágape y pragma. Ágape es el amor desinteresado y universal, el afecto sinceramente conmovido por la aventura humana; la estima basada en la solidaridad y en la conciencia de lo que nos une; se parece a lo que los budistas llaman bodichita. Pragma es aún más suave y más maduro: es el aprecio que da el mutuo reconocimiento, el tiempo pasado juntos, la conciencia de lo que nos une. Los demás son molestos a menudo; los demás son egoístas, ridículos, histriónicos, groseros; pero no más que nosotros: ¿quién se soporta a sí mismo todos los minutos del día? ¿Quién se atreverá, por indignado que se sienta ante la conducta de otro, a negarle su condición de ser mortal que persigue una felicidad que le rehúye, igual que uno? La solidaridad que surge de la empatía ayuda mucho a tolerar, a perdonar, a dejar que la gente viva en paz con la tarea de sus deseos y sus defectos, que no es poca tarea. A veces, la mejor manera de aligerarla es una sonrisa. ¿Por qué escatimarla, incluso cuando nos la niegan a nosotros? Hay una sutil dignidad en devolver sonrisas por exabruptos; no sabemos si nuestra afabilidad hará mella en el otro, pero seguro que lo hace en nosotros. A la larga, el amable gana. Al menos en salud.

Siguiendo la terminología spinoziana, la simpatía es una alegría, y la antipatía es una tristeza. La primera —tanto recibirla como ofrecerla— nos da fuerzas y luz, nos reconforta, nos hace flexibles al viento, aligera el peso de la existencia y la convierte en juego como una danza, nos ayuda a no sentirnos solos en las adversidades. La segunda, por poco que nos importe la persona, siempre nos deja un regusto amargo, nos hace sentirnos más pequeños y envarados, más cerrados en nosotros mismos, y emborrona el paisaje. Ambas, decíamos, son inevitables y en buena parte gratuitas, tienen su magia y su misterio, y hay que aceptarlas y honrarlas. Pero, si podemos elegir, estaremos del lado de la simpatía; porque nos une, porque lima las asperezas cotidianas, porque hace que el entorno resulte más llevadero, más blando, más acogedor. Guerras, las mínimas: bastante guerra es sobrevivir, bastante guerra es el propio tiempo, como escribió Lope. A veces, sí, son inevitables, o al menos obligadas; que no sea porque no hayamos intentado evitarlas. Y aprendamos a no obcecarnos demasiado en ellas, ni en las antipatías que sentimos ni en las que otros nos dedican. Como dicen los budistas, ningún enemigo vale lo que nuestra paz interior.

Después del amor, la simpatía es la pasión divina del corazón humano.
Edmund Burke

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