Desconcierta el espectáculo de una persona inteligente, sensible, honesta, que sin embargo se empeña en autodestruirse; obcecada en adentrarse, aun sabiéndolo, en laberintos de dolor que la van corroyendo y acaban por devastarla, cuando podría eludirlos con un esfuerzo mucho más pequeño que el que invierte en destrozarse. ¿Qué feroz enigma es este? ¿Qué sufrimiento atroz está siendo enterrado a paladas por esa otra pena voluntaria? ¿Qué fuerza, tal vez inconsciente, apremia a conspirar contra sí mismo con esa vocación precisa y tenaz? ¿Qué grieta interna nos divide entre ese no querer —ya que uno sabe, y lamenta— y querer —puesto que persistimos sin poder detenernos, enganchados como adictos a sus armas terribles—? Si el que sufre no sabe hacer otra cosa, ¿cabe considerarlo una víctima, un enfermo? Es probable que así lo crea él, como muchos psicólogos que nos consideran meros organismos reactivos. Sartre, en cambio, opinaba que no, dado que siempre se puede elegir: la dificultad...
Apuntes filosóficos al vuelo de la vida