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Mostrando entradas de diciembre, 2025

Íntimas contiendas

Desconcierta el espectáculo de una persona inteligente, sensible, honesta, que sin embargo se empeña en autodestruirse; obcecada en adentrarse, aun sabiéndolo, en laberintos de dolor que la van corroyendo y acaban por devastarla, cuando podría eludirlos con un esfuerzo mucho más pequeño que el que invierte en destrozarse. ¿Qué feroz enigma es este? ¿Qué sufrimiento atroz está siendo enterrado a paladas por esa otra pena voluntaria? ¿Qué fuerza, tal vez inconsciente, apremia a conspirar contra sí mismo con esa vocación precisa y tenaz? ¿Qué grieta interna nos divide entre ese no querer —ya que uno sabe, y lamenta— y querer —puesto que persistimos sin poder detenernos, enganchados como adictos a sus armas terribles—?  Si el que sufre no sabe hacer otra cosa, ¿cabe considerarlo una víctima, un enfermo? Es probable que así lo crea él, como muchos psicólogos que nos consideran meros organismos reactivos. Sartre, en cambio, opinaba que no, dado que siempre se puede elegir: la dificultad...

Alta entropía

El sociólogo Zygmunt Bauman menciona la alta entropía que provocan los países ricos, refiriéndose a que son los más voraces consumidores de recursos, y, por consiguiente, generan la mayor parte de la contaminación y los residuos. En definitiva, actúan como los principales agentes de deterioro y desorden. Y no solo desde el punto de vista material: esa situación de privilegio no se sostendría sin una continua intervención política y militar en el resto de países, a los que deben manipular, agitar, sojuzgar y forzar para mantenerlos a raya en esa relación de sometimiento a la que necesitan relegarlos. El término que Bauman toma prestado de la Física es afortunado, como suelen serlo todos los suyos, aunque, más que a los países, habría que referirlo más bien a las clases dominantes, a las minorías privilegiadas que, también dentro de los propios países pobres, saquean y someten a la mayoría de la población. El cogollo de la entropía es resultado de los intereses y las actividades de las...

Pulsos de poder

Un niñito, de apenas dos o tres años, corre por la acera con una caja en la mano. La madre le llama y le dice que vuelva. El pequeño se detiene y la mira, como tanteándola, pero no retrocede. La madre le repite, ya a gritos, que regrese a su lado. El crío aguanta la sonrisa, titubea, pero sigue quieto. La madre empieza a contar: «Uno…» El niño frunce el ceño, se da por vencido y camina hacia ella, arrastrando los pasos. Suele asumirse que los niños necesitan llevar la contraria para reafirmarse, para sentir la entereza de su identidad. Las madres necesitan vencer a los niños para que estos no se conviertan en tiranos, y les impidan protegerlos y guiarlos. Lamentablemente, por cansancio o por pereza, por inseguridad o extravagantes convicciones, hay actualmente muchas madres (y padres) que dimiten en esa disputa. Pero no era ese el asunto al que íbamos aquí.  Los pulsos de poder son un fenómeno apasionante, que nunca me cansaré de observar y de admirar. Suceden de manera constante,...